jueves, 29 de agosto de 2019

Cuando sea viejo quemaré mis libros.


Cuando sea viejo quemaré mis libros, uno al día, dos si es invierno, para que me den el calor que tú me has negado. Cuando sea viejo veré de nuevo mis películas favoritas, esas de Stanley Donen, Billy Wilder y Woody Allen, para recordar las historias que deberíamos haber vivido y que nunca han sucedido. Cuando sea viejo, digo, ¡cómo si no fuera viejo ya!, me contemplarás desde lo alto de tu realidad y sonriendo (¿riendo?) me dirás: “Pobre idiota. Con lo bonito que podía haber sido si tú hubieras querido. Si hubieras sido valiente."

jueves, 22 de agosto de 2019

No te odio porque me hayas abandonado.


No te odio porque me hayas abandonado. No te reprocho que te hayas ido de casa. Esa que hasta hace un instante era nuestro hogar. No puedo afearte que lo hayas hecho cuando yo estaba ausente y que con ello me condenaras a la pena de soledad. No a la de tu ausencia, sino al desamparo de quien se enfrenta a si mismo desnudo e inerme, por fin revelado. Nada puedo alegar a lo que descargas en tu carta, testimonio clamoroso y mudo de nuestra realidad. O más bien, de la ficción que ambos hemos escenificado hasta hoy. Me dices que me quieres, pero que te has enamorado de otro. Que soy un buen hombre, pero que tú precisas otra cosa. Que no soy divertido. Que te aburro. Que te has cansado de mí. Me dices que ésta es tu última oportunidad de ser feliz. Éste es tú último tren, aseguras. Y no lo vas a perder. Te entiendo, créeme. Tú y yo, cuando ya no éramos jóvenes, nos conocimos una Nochevieja, en ese momento en el que todo muere y nada llega a nacer. Nos casamos pronto. Teníamos prisa. El tiempo nos quemaba las ilusiones. Acordamos, sin decirlo, que nos conformaríamos con la alquimia y la complicidad. Como si ambas estuvieran reñidas con el amor. Como si ambas no fueran amor. Y en el camino se nos olvidó algo, lo más importante: enamorarnos. Tú y yo, cuando aún no éramos mayores, tuvimos miedo a vivir. Por eso renunciamos a vivir. Tú preferiste la seguridad de una plaza en un instituto del extrarradio a opositar a cátedras. Yo opté por la certeza de un puesto fijo en “La Confianza” a la aventura de una beca en Milán. Tú deseabas desertar de tu linaje, escapar de tu casa en el barrio alto de la ciudad, huir de las vetustas costumbres de tu familia. Yo temía la pronta ausencia de mis padres. Me asustaba la soledad del hijo único. Me aterraba ser el protagonista de una vida sin espectadores. La rutina hizo el resto. La hipoteca. Las facturas. La casa en la playa. Las comidas en familia los domingos. El pádel y el golf. Asumo mi culpa en lo que relatas. Solo echo en falta algo: que no hayas entendido que la construcción del amor es tarea de dos. Por eso lamento no haber sido yo el primero en abandonar esta relación cuando ya no tenía salvación. Ojalá seas feliz ahora.

miércoles, 21 de agosto de 2019

El caballero suplicante.


Cuando te conocí, una ventana se abrió de par en par en medio de una habitación oscura y fría. Tu venida inundó mi vida de luz y calor. De esperanza y alegría. De deseo y de pasión. Me atrapaste en tu tornado de optimismo y despreocupación y me llevaste a la tierra de Oz prendido de tus ojos verde esmeralda. Fue entonces cuando te rogué que me correspondieras, que me amaras. Te pedí que no me juraras que era yo el primero, pero sí que me dijeras que sería ya el último. Te imploré que fuéramos apoyo y descanso el uno para el otro. A cambo, te prometí que vendería cara mi vida por ti ante el dragón del Reino de Weed que todas las noches amenazaba con devorarte. Te haría mi ama, dueña y señora, y juraría protegerte de todos tus males, incluso de ti misma. Sabías que no podía ofrecerte el oropel y el carmín, el incienso y el enebro, al que acostumbrabas, sólo podía darte una realidad vulgar, de Pladur y Nivea, de mikados y de café con leche. No pareciste aceptar mis peticiones, mis ruegos, mis suplicas, y entonces sólo me quedo decirte: “Miénteme”.

lunes, 19 de agosto de 2019

De cafés e indecisiones.


Aquel verano, todos los viernes por la noche, te veía en el mismo rincón de la cafetería. Siempre sola. Pedias un café con leche. Mediano. En vaso. Templado. Con sacarina. Escogías el capitoné del fondo y quedabas pendiente de tu móvil. Los acontecimientos se sucedían invariablemente así: te sobresaltaba un sms, sonreías al leerlo, te mordías el labio inferior con cara traviesa, y te lanzabas a responderlo con avidez. Otras veces, las menos, tu cara se tornaba severa y arrojabas enfadada el teléfono sobre la mesa de mármol. En esas ocasiones, tu disgusto duraba pocos segundos, un minuto si cabe, nunca más. Cogías entonces de nuevo el cachivache y respondías, siempre respondías, con decisión, como si al hacerlo quisieras levantar acta de algún hecho. Tus dedos volaban entonces, volaban como los de un pianista ante una obra de Bach. Y te marchabas. Siempre te marchabas al cabo de unos pocos minutos de charla cibernética. Sería. Distante. Mayestática. Seguro que ansiosa, estaba convencido yo de ello, por encontrarte con ese con quien te habías comunicado. Aun recuerdo, casi diez años después, tu elegancia, tu distinción, rasgos inusuales en una joven de poco más de veinte años. Y te recuerdo a ti, morena, siempre vestida de negro, y con el pelo recogido en una muy tersa coleta. No me atrevería a aventurar hoy el color de tus ojos, pero podría describir con detalle cuántas y cómo eran las cuentas del collar que todos los viernes colgaba de tu cuello. Yo te observaba desde una mesa cercana. Siempre la misma. Sin llamar la atención. Me gustabas. Ahora te lo puedo confesar. Te idealicé tanto que me enamoré platónicamente de ti. Nunca te lo dije. Nunca supe tu nombre. Y nunca te volví a ver. ¿Acaso corresponden los dioses en los mortales? Recordaba esta historia hace unos días con Manuel, el camarero de entonces, cuando me dijo: “Es curioso…aquella mujer se llamaba A., veraneaba aquí con sus padres. No venía sólo los viernes. Venía todos los días, y preguntaba siempre por Vs, no sé por qué, la verdad. Si se iba con prisa es porque sus padres no querían que estuviera sola en un pueblo desconocido. Por cierto, este año está de nuevo por aquí…y ha preguntado por Vs.