No te odio porque me hayas abandonado. No
te reprocho que te hayas ido de casa. Esa que hasta hace un instante era
nuestro hogar. No puedo afearte que lo hayas hecho cuando yo estaba ausente y
que con ello me condenaras a la pena de soledad. No a la de tu ausencia, sino
al desamparo de quien se enfrenta a si mismo desnudo e inerme, por fin
revelado. Nada puedo alegar a lo que descargas en tu carta, testimonio
clamoroso y mudo de nuestra realidad. O más bien, de la ficción que ambos hemos
escenificado hasta hoy. Me dices que me quieres, pero que te has enamorado de
otro. Que soy un buen hombre, pero que tú precisas otra cosa. Que no soy
divertido. Que te aburro. Que te has cansado de mí. Me dices que ésta es tu
última oportunidad de ser feliz. Éste es tú último tren, aseguras. Y no lo vas
a perder. Te entiendo, créeme. Tú y yo, cuando ya no éramos jóvenes, nos
conocimos una Nochevieja, en ese momento en el que todo muere y nada llega a
nacer. Nos casamos pronto. Teníamos prisa. El tiempo nos quemaba las ilusiones.
Acordamos, sin decirlo, que nos conformaríamos con la alquimia y la
complicidad. Como si ambas estuvieran reñidas con el amor. Como si ambas no
fueran amor. Y en el camino se nos olvidó algo, lo más importante: enamorarnos.
Tú y yo, cuando aún no éramos mayores, tuvimos miedo a vivir. Por eso
renunciamos a vivir. Tú preferiste la seguridad de una plaza en un instituto
del extrarradio a opositar a cátedras. Yo opté por la certeza de un puesto fijo
en “La Confianza” a la aventura de una beca en Milán. Tú deseabas desertar de
tu linaje, escapar de tu casa en el barrio alto de la ciudad, huir de las
vetustas costumbres de tu familia. Yo temía la pronta ausencia de mis padres.
Me asustaba la soledad del hijo único. Me aterraba ser el protagonista de una
vida sin espectadores. La rutina hizo el resto. La hipoteca. Las facturas. La
casa en la playa. Las comidas en familia los domingos. El pádel y el golf.
Asumo mi culpa en lo que relatas. Solo echo en falta algo: que no hayas
entendido que la construcción del amor es tarea de dos. Por eso lamento no
haber sido yo el primero en abandonar esta relación cuando ya no tenía
salvación. Ojalá seas feliz ahora.jueves, 22 de agosto de 2019
No te odio porque me hayas abandonado.
No te odio porque me hayas abandonado. No
te reprocho que te hayas ido de casa. Esa que hasta hace un instante era
nuestro hogar. No puedo afearte que lo hayas hecho cuando yo estaba ausente y
que con ello me condenaras a la pena de soledad. No a la de tu ausencia, sino
al desamparo de quien se enfrenta a si mismo desnudo e inerme, por fin
revelado. Nada puedo alegar a lo que descargas en tu carta, testimonio
clamoroso y mudo de nuestra realidad. O más bien, de la ficción que ambos hemos
escenificado hasta hoy. Me dices que me quieres, pero que te has enamorado de
otro. Que soy un buen hombre, pero que tú precisas otra cosa. Que no soy
divertido. Que te aburro. Que te has cansado de mí. Me dices que ésta es tu
última oportunidad de ser feliz. Éste es tú último tren, aseguras. Y no lo vas
a perder. Te entiendo, créeme. Tú y yo, cuando ya no éramos jóvenes, nos
conocimos una Nochevieja, en ese momento en el que todo muere y nada llega a
nacer. Nos casamos pronto. Teníamos prisa. El tiempo nos quemaba las ilusiones.
Acordamos, sin decirlo, que nos conformaríamos con la alquimia y la
complicidad. Como si ambas estuvieran reñidas con el amor. Como si ambas no
fueran amor. Y en el camino se nos olvidó algo, lo más importante: enamorarnos.
Tú y yo, cuando aún no éramos mayores, tuvimos miedo a vivir. Por eso
renunciamos a vivir. Tú preferiste la seguridad de una plaza en un instituto
del extrarradio a opositar a cátedras. Yo opté por la certeza de un puesto fijo
en “La Confianza” a la aventura de una beca en Milán. Tú deseabas desertar de
tu linaje, escapar de tu casa en el barrio alto de la ciudad, huir de las
vetustas costumbres de tu familia. Yo temía la pronta ausencia de mis padres.
Me asustaba la soledad del hijo único. Me aterraba ser el protagonista de una
vida sin espectadores. La rutina hizo el resto. La hipoteca. Las facturas. La
casa en la playa. Las comidas en familia los domingos. El pádel y el golf.
Asumo mi culpa en lo que relatas. Solo echo en falta algo: que no hayas
entendido que la construcción del amor es tarea de dos. Por eso lamento no
haber sido yo el primero en abandonar esta relación cuando ya no tenía
salvación. Ojalá seas feliz ahora.
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