N
No creo en el karma. Dudo mucho que haya
algún tipo de ley cósmica que devuelva mal por mal y bien por bien, como si
nuestras vidas estuvieran gestionadas por una especie de junta de compensación
universal. Pero, a veces, sólo a veces, se dan hechos que me hacen dudar si no
estaré equivocado.
Tengo un amigo felizmente casado con
quien fue su novia de toda la vida. O al menos de casi toda. En concreto de ese
tramo de edad que media entre el ensayo y error de la adolescencia y el
compromiso de la juventud. Se conocieron en la universidad, donde ella
estudiaba Medicina y él ADE. Ella destacaba en una carrera vocacional, para la
que había sido llamada desde la cuna. Descendiente de una larga estirpe de
médicos, era hija de un eminente traumatólogo y de una no menos egregia
ginecóloga, todo estaba encaminado para que la niña, llamémosle Clara, siguiera
los pasos de sus antepasados. Él, mientras, renqueaba en una carrera que había
escogido, como otros muchos, casi por desesperación, en el último momento y por
descarte. Su linaje no era tan brillante
como el de su adorada Clara. Hijo de un ebanista y de un ama de casa, nunca
tuvo claro lo que quiso estudiar. Y casi se podría decir que le daba igual. Él
era feliz con sus libros (no de Economía, por supuesto), sus discos, y hablando
de cine, historia, o arte con sus amigos o con quien quisiera escucharlo, que
no siempre coincidían ambos. Su única certeza, y la única que quienes los
conocíamos teníamos de él, era que estaba locamente enamorado de Clara. Al
igual que ella de él, todo hay que decirlo.
No sé si su historia de amor tuvo un
final desdichado, como pronosticó Woody Allen, pero Clara y, llamémosle a él Cándido,
se casaron finalmente. Por supuesto, antes ella acabó la carrera y su MIR en Traumatología
en el “Ramón y Cajal” de Madrid (¿O fue en el “Gregorio Marañón?”) y estuvo en
varias ocasiones becada en Alemania, Italia, y creo que incluso en Francia. Por
supuesto, él antes termino también su carrera y empezó a opositar a Secundaria,
para trabajar después primero como sustituto y después como interino en una
miríada de institutos de toda Galicia. Cándido obtuvo su plaza definitiva cinco
años después de la boda, seis más tarde de que Clara fuera nombrada adjunta en el
hospital de una gran ciudad. Por supuesto, allí montaron los dos su casa. La
carrera de ella era prioritaria y en una capital podría seguir medrado
profesionalmente, no como Cándido que, a lo más que podría aspirar, como decía
su suegro, era a esperar pacientemente el próximo sexenio cómodamente
apoltronado en la butaca de un instituto, dondequiera que éste estuviera.
Como le roce hace el cariño y (de nuevo
citando a Woody Allen) engendra hijos, en 2001 nació la primera, y de momento,
la única hija de Clara y Amado. La criatura más esperada, deseada, y querida de
toda la Creación (al menos eso dijeron sus padres) vio la luz bajo el signo de Leo
con su destino ya marcado, puede que no en los genes, seguro que no por los
astros, pero si por el sanedrín de su familia materna. La niña habría de llamarse
Clara, como su madre, pese a que su padre hubiera deseado que heredara el nombre
de su abuela, su madre, que había fallecido unos meses antes sin haber conocido
nieto alguno. Aceptó también, sin ápice de intima protesta, que la neonata fue
acristianada anteponiendo el apellido de la madre al suyo. El padre no es
(puedo dar fe de ello) un hombre orgulloso, y comprendió que los apellidos
maternos le abrirían muchas más puertas cuando Clarita fuera, como obviamente
habría de ser, la continuadora de una saga de ilustres galenos. A fin de
cuentas, quién era él para oponerse a los hados de un destino que le había
llevado a conocer a la mujer de su vida, ser correspondido y, en el colmo de la
fortuna, tener con ella la hija más bonita que ha habido y habrá bajo el
firmamento.
Con lo que
nadie contaba era con la complicidad que casi de inmediato se estableció entre
Cándido y Clarita. Él era el único capaz de calmarla cuando lloraba desesperada
por cualquier berrinche, el único capaz de hacer que se comiera las papillas
que le preparaban, y sólo él podía convencerla (casi) siempre de que debía
esperar a que los Reyes Magos le trajeran todos los cachivaches que a la niña se
le antojaban. A medida que Clarita crecía y se convertía en una adolescente,
las charlas entre padre e hija fueron creciendo, en cantidad, tiempo, y profundidad,
sin que por ello la influencia, atenta y candorosa, de la madre dejará de estar
presente para estimular la inteligencia de una niña que no desmerecía de su
progenitora, Pero Clarita con 10 añitos recién cumplidos, ya disfrutaba más con
los cuentos que su padre le escenificaba con una naranja pintarrajeada con un
rotulador y travestida de doña Rogelia con una servilleta de mesa, que la
anatomía de la mano que su madre le explicaba subrepticiamente mientras cantaba
los “Cinco lobitos” antes de irse a la cama.
El tiempo pasó
(“inexorablemente” que diría un cursi) y Clarita se hizo mayor, mientras
escuchaba en su casa música tan ecléctica como la Bach, Burt Bucharach, Mark
Knopfler, o Satie, y alternaba la lectura de “La historia interminable” de
Michael Ende, con “El árbol de la ciencia” de Pio Baroja, pasando por la saga
de Harry Porter. Así, más o menos fue, hasta el momento en que Clarita, ya
Clara, la hija de Clara y Cándido, la novia de un bigardo surfero al que había
de dejar poco después de aprobar la Selectividad, decidió matricularse en la facultad de
Filosofía de la Universidad de Oviedo en contra del criterio de su madre, con
el escándalo de sus abuelos, con la
preocupación de sus tíos maternos (uno de ellos, psiquiatra, pronostico que
pronto abandonaría su idea inicial para encauzar sus pasos hacía algo más
provechoso y digno de la tradición familiar) y ante la pasividad, casi
indiferencia, de su padre. Y allí está ahora, en el primer curso del grado en
Filosofía, feliz, e inocente de los pésimos augurios de su tío favorito, el
psiquiatra.
Si se toda
historia que ahora os cuento, omitiendo algunos datos y alterando otros, es
porque hace unos días mi encontré de nuevo con mi amigo Cándido. Tras celebrar
nuestro casual reencuentro con una comida, a la hora del café, flemático,
irónico, y con ese toque tan británico que tiene su sentido del humor, me miro
fijamente y me pregunto: “Pero, dime la verdad Francisco, ¿tú te imaginas a mi
Clarita rompiendo huesos con un martillo en un quirófano?”.
Quizá yo esté
equivocado y, al final, el karma sí exista.
