Mi casa es mi castillo, te dije. Mis
libros son sus almenas. Mis películas sus contrafuertes. Mi timidez el foso que
me separa del mundo. Si quieres entrar en mi vida debes salvar el foso,
derribar los contrafuertes, escalar las almenas. Luego has de llamar con
cortesía a la puerta de mi alcoba (la segunda a la derecha según subes desde el
refectorio) y quizá sólo entonces te deje entrar. Porque, ¿qué razón hay para
salir de mis aposentos, dejar atrás almenas, contrafuertes, foso, y castillo?,
¿qué puedo encontrar de interés fuera de la fortaleza que con mi imaginación he
levantado para huir de la realidad? “A mí”, respondiste tú.