miércoles, 21 de agosto de 2019

El caballero suplicante.


Cuando te conocí, una ventana se abrió de par en par en medio de una habitación oscura y fría. Tu venida inundó mi vida de luz y calor. De esperanza y alegría. De deseo y de pasión. Me atrapaste en tu tornado de optimismo y despreocupación y me llevaste a la tierra de Oz prendido de tus ojos verde esmeralda. Fue entonces cuando te rogué que me correspondieras, que me amaras. Te pedí que no me juraras que era yo el primero, pero sí que me dijeras que sería ya el último. Te imploré que fuéramos apoyo y descanso el uno para el otro. A cambo, te prometí que vendería cara mi vida por ti ante el dragón del Reino de Weed que todas las noches amenazaba con devorarte. Te haría mi ama, dueña y señora, y juraría protegerte de todos tus males, incluso de ti misma. Sabías que no podía ofrecerte el oropel y el carmín, el incienso y el enebro, al que acostumbrabas, sólo podía darte una realidad vulgar, de Pladur y Nivea, de mikados y de café con leche. No pareciste aceptar mis peticiones, mis ruegos, mis suplicas, y entonces sólo me quedo decirte: “Miénteme”.

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