Cuando te conocí, una ventana se abrió de
par en par en medio de una habitación oscura y fría. Tu venida inundó mi vida
de luz y calor. De esperanza y alegría. De deseo y de pasión. Me atrapaste en
tu tornado de optimismo y despreocupación y me llevaste a la tierra de Oz
prendido de tus ojos verde esmeralda. Fue entonces cuando te rogué que me
correspondieras, que me amaras. Te pedí que no me juraras que era yo el
primero, pero sí que me dijeras que sería ya el último. Te imploré que fuéramos
apoyo y descanso el uno para el otro. A cambo, te prometí que vendería cara mi
vida por ti ante el dragón del Reino de Weed que todas las noches amenazaba con
devorarte. Te haría mi ama, dueña y señora, y juraría protegerte de todos tus males,
incluso de ti misma. Sabías que no podía ofrecerte el oropel y el carmín, el
incienso y el enebro, al que acostumbrabas, sólo podía darte una realidad
vulgar, de Pladur y Nivea, de mikados y de café con leche. No pareciste aceptar
mis peticiones, mis ruegos, mis suplicas, y entonces sólo me quedo decirte: “Miénteme”.

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