miércoles, 1 de septiembre de 2021

Lo tenía todo planeado.

Lo tenía todo planeado. Aquella noche se lo pediría.  En el mismo restaurante donde se citaron por primera vez. En la misma fecha. En la misma mesa. Ella estaba ante él. Entre ambos ardía una vela. Él la miraba, y veía los mismos ojos que lo encandilaron; la escuchaba, y se alegraba con la misma voz que lo atrapó. Mientras, ella hablaba de sus planes, de sus amigos, de sus problemas, de su vida. Al hacerlo, las manos se movían ligeras en el aire y sus abalorios tintineaban. Le parecía estar ante un director de orquesta que ejecutara una obra compuesta para voz, risa y percusión. Mientras, él jugaba con sus dedos sobre el mantel, tamborileaba sobre la mesa, acariciaba la base de la copa. Pensaba. La vela se consumía poco a poco. La velada avanzaba. Ahora ya no la veía, su mirada se perdía en un futuro no muy lejano. Ya no la escuchaba, sólo la oía; la sinfonía de su palabrería le estorbaba a su pensamiento. Fue entonces cuando reparó que de la vela que los acompañaba sólo quedaba una pequeña mancha de cera, un leve resto de humo.  Unas palabras lo sacaron de su ensueño: “¿Qué planes tienes para mañana?”. “Ninguno ya”, respondió él.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Me pediste que te bajara la luna.

 Me pediste que te bajara la Luna y yo, inocente de mí, ni lo intenté porque quería entregártela llena.

lunes, 27 de julio de 2020

Carta de un enamorado a su amada decepcionada.

 Carta de un enamorado a su amada decepcionada: "No esperes nada de mí. Para que pueda existir aun tienes que crearme".

miércoles, 1 de julio de 2020

En mis zapatos.

Aquella noche llevabas un abrigo de paño azul. Con los puños y los pies golpeabas la puerta del apartamento. Estabas descalza. Uno de tus tacones se había roto. Sollozabas. Hipabas. Gritabas. Querías volver allí donde habías sido feliz y retomar una vida que ya no existía. Te podía ver a través de la mirilla. Sentía tu angustia, tu desesperación, tu tristeza. Dudaba si abrir la puerta o dejar que el dolor se quedara contigo en el rellano.  Agotada, cansada, vencida ya, te sentaste en el suelo. Con la espalda apoyada en la pared empezaste a llorar. Un llanto silente dio paso pronto a otro hondo y sentido. Todo era inútil ya. Fue entonces cuando el cielo se rompió en mil pedazos.

Amanecía cuando abandonaste el apartamento. La tormenta de la noche anterior había dado paso a un día que prometía ser luminoso. Los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Lo sucedido no se podía repetir.  Atrás quedaba una noche de confidencias e intimidad. De encuentro y revelaciones. Del café pasamos al dry Martini. De las galletas de chocolate a la pizza. Del salón a la habitación.  Fue allí donde levantamos una arboleda de sueños en una sola noche en vela. Y amanecimos para terminar tal y como habíamos comenzado, con un café en las manos y tú en el mismo descansillo donde ayer descargabas tu ira. Desde el balcón vi como te alejabas sin volver la vista atrás, con tus zapatos rotos en la mano, mientras jugabas a pisar los charcos de la acera con mis tenis nuevos.

Me sorprendió que aceptaras mi invitación: “Entra, por favor. No te quedes ahí…”  Hacía años que éramos vecinos y apenas habíamos intercambiado fugazmente alguna palabra. Aquella noche te confesé como poco a poco me habías cautivado con tus encantos. Como me enamoré platónicamente de ti. No podía ser de otra forma. Erais un matrimonio feliz. O eso creía yo. Con el primer café me confesaste ya tu tristeza. Estabas harta de las infidelidades de tu novio, que no tu marido, de sus desprecios, de su arrogante suficiencia. De amarlo todavía. Solos, hastiados, aburridos de nuestras vidas, aquella noche nos dimos refugio el uno en el otro. Un momento fugaz que a mi se me antojo eterno. Un instante que se me pareció una vida.

Dos días después dejaste mis tenis colgados de los cordones en el pomo de la puerta. Un mes tuvo que transcurrir para que te volviera a ver, también con tu abrigo de paño azul, entrando con tu novio en el apartamento que habitabais frente al mío. No tardasteis en mudaros. De eso hace ya un año. Aun hoy tengo la esperanza de verte algún día por la mirilla de la puerta, deseosa de calzar de nuevo mis tenis nuevos. Quizá ahora para siempre.


sábado, 25 de abril de 2020

Llámame, tenemos que hablar.

Aquella noche no pude dormir. No podía olvidar tus palabras. “Llámame, tenemos que hablar”. Las pronunciaste con voz queda unas horas antes. Casi un susurro que a mí me sonó a ruego. Una petición así no se hace en la cola del supermercado si no es por algo importante, ¿verdad? A vuelapluma garabateaste tu teléfono en el tique de la compra. Sin despedirte, presurosa, cruzaste la salida llevando contigo toda tu majestuosidad. Ese mismo charme que tanto me encandiló la primera vez que te vi en el trabajo. De eso hace ya diez años.
Apenas supe de ti después de que dejaras “La Confianza”. Lo abandonaste todo por aquel bigardo del departamento de ingeniería. Te hacia reír, me dijiste. Tenía tus mismas aficiones. Le gustaba el pádel, era vegano, y prefería la moto al coche. Y, por encima de todo, te excitaba su voz grave, me confesaste. Porque, recuerda, tú entonces me lo contabas todo a mí. Entre cafés por la mañana, tés por la tarde, y algún dry Martini ocasional por la noche. Un día al salir de trabajar me invitaste al cenar. Querías que te alquilara aquel apartamento que mi tía me había dejado en Vallehermoso. Te dije que no. Te mentí. Te dije que necesitaba reforma, que era frío, que la fontanería fallaba. Disculpas. Tú tenías prisa por empezar tu vida junto a él y yo no soportaba la idea de imaginaros juntos gracias a mi ayuda. Una semana después supe que te marchabas. Dejabas tu empleo de los últimos siete años para seguir al amor de tu vida. No te despediste y no te volví a ver. Hasta aquella tarde.
La única esperanza de una mala noche es una mañana de luz. El renacer que promete el alba. Te llamé a primera hora. Durante la noche había fantaseado con la idea de retomar aquellos cafés, tés, y dry martinis y, quizá ahora, ahora sí, reunir el valor para decirte cuánto te amaba. Al otro lado del teléfono sonó una voz grave. No era la de aquel por quién lo dejaste todo hace años. No el amor de tu vida, o quizá sí. Sí el amor de tu nueva vida. Farfullé una disculpa y colgué. No tardaste en llamarme tú.  Estabas jovial.  Sonabas cálida y cercana como nunca antes. “¿Qué te parece si cenamos hoy?” “Por cierto, ¿aun tienes aquel apartamento de Vallehermoso…?”

domingo, 15 de marzo de 2020

¿Qué es compañía?


Recuerdo que aquella noche regresamos temprano de la boda de V. Tu amiga de la infancia se casaba y no podías faltar. Os conocíais desde el parvulario. Habíais compartido incertidumbres, miedos, alegrías desde niñas. Juntas descubristeis la adolescencia y alalimón os bebisteis la juventud a trago largo.  Ese día V. empezaba una etapa nueva en la vida y tú, como siempre, estabas a su lado. Su felicidad era la tuya. Pero yo sabía que te sentías abandonada. Aunque tuvieras mi compañía. Aunque fueras la ama, dueña y señora de mi amor. Fue en casa, en brazos el uno del otro, cuando te dije: “Podríamos ser los siguientes en casarnos. ¿No dicen que de una boda sale otra?”
Es curioso lo poco que puede llegar a ocupar una vida. Media docena de cajas de cartón. Dos bolsas de Zara. Una maleta de viaje. En un volumen tan escaso empaquetaste cinco años de vida juntos. Restos de un naufragio que no podía vaticinar. Tres días después de aquella peregrina pregunta tu hermana se llevó todo lo que era tuyo. Salvo tu esencia. Esa quedaría para siempre impregnando mi vida. “Te llamará pronto y te lo explicará todo. Dale tiempo.” Después, silencio. Un silencio ensordecedor que no sabía cómo acallar. Respeté tu mutismo primero. Lo violenté después. Te busqué y no te encontré. Rompiste todo vínculo conmigo y con nuestro entorno. Me rebelé y enfadé. Me deprimí. Te odié. Luego, asumí que nada podía hacer. Fue entonces cuando, finalmente, acepté.
Cuatro años, seis meses, cinco días y una hora después de aquella petición de matrimonio volvía también temprano a casa de una boda. No me acompañabas tú como entonces. No había ya nadie a quien servir la última copa de la noche. Nadie que se descalzara sus stilettos para bailar conmigo “Till there was you”. Nadie a quien susurrarle al oído un estúpido deseo que terminó por quebrarme la vida.  Solo el teléfono sonando en el preciso instante en el que entraba en casa. “Soy yo. No cuelgues por favor…”.
Nos vimos dos días después en “La Confianza”, aquel cafetín donde servían los petit crosissant de crema que tanto te gustan. Apenas me dejaste hablar. Durante más de dos horas desengranaste la historia de tu vida durante los últimos años. Comprendí así las razones de tu abandono. Tu deseo de descubrir si había alguna diferencia entre el amor y el cariño. Tu necesidad de encontrar el alma gemela absoluta. Tu ansia por no dejar escapar un tren que creías el último. Entendí también la decepción y el desencanto que ahora te embargaban y las razones de tu regreso. “Si me dan a elegir me quedo con tu compañía”, me dijiste, por último. “¿Sólo compañía? ¿Con tan poco te conformas? ¿Qué es compañía?”, te pregunté. Recuerdo cómo sonreíste y me cogiste la mano: “Y tú me lo preguntas. Compañía eres tú”.