Recuerdo que aquella noche regresamos temprano de
la boda de V. Tu amiga de la infancia se casaba y no podías faltar. Os
conocíais desde el parvulario. Habíais compartido incertidumbres, miedos,
alegrías desde niñas. Juntas descubristeis la adolescencia y alalimón os
bebisteis la juventud a trago largo. Ese
día V. empezaba una etapa nueva en la vida y tú, como siempre, estabas a su lado.
Su felicidad era la tuya. Pero yo sabía que te sentías abandonada. Aunque
tuvieras mi compañía. Aunque fueras la ama, dueña y señora de mi amor. Fue en
casa, en brazos el uno del otro, cuando te dije: “Podríamos ser los siguientes
en casarnos. ¿No dicen que de una boda sale otra?”
Es curioso lo poco que puede llegar a ocupar una
vida. Media docena de cajas de cartón. Dos bolsas de Zara. Una maleta de viaje.
En un volumen tan escaso empaquetaste cinco años de vida juntos. Restos de un
naufragio que no podía vaticinar. Tres días después de aquella peregrina
pregunta tu hermana se llevó todo lo que era tuyo. Salvo tu esencia. Esa
quedaría para siempre impregnando mi vida. “Te llamará pronto y te lo explicará
todo. Dale tiempo.” Después, silencio. Un silencio ensordecedor que no sabía
cómo acallar. Respeté tu mutismo primero. Lo violenté después. Te busqué y no
te encontré. Rompiste todo vínculo conmigo y con nuestro entorno. Me rebelé y enfadé.
Me deprimí. Te odié. Luego, asumí que nada podía hacer. Fue entonces cuando,
finalmente, acepté.
Cuatro años, seis meses, cinco días y una hora
después de aquella petición de matrimonio volvía también temprano a casa de una
boda. No me acompañabas tú como entonces. No había ya nadie a quien servir la
última copa de la noche. Nadie que se descalzara sus stilettos para bailar conmigo
“Till there was you”. Nadie a quien susurrarle al oído un estúpido deseo que
terminó por quebrarme la vida. Solo el
teléfono sonando en el preciso instante en el que entraba en casa. “Soy yo. No
cuelgues por favor…”.
Nos vimos dos días después en “La Confianza”,
aquel cafetín donde servían los petit crosissant de crema que tanto te gustan. Apenas
me dejaste hablar. Durante más de dos horas desengranaste la historia de tu
vida durante los últimos años. Comprendí así las razones de tu abandono. Tu
deseo de descubrir si había alguna diferencia entre el amor y el cariño. Tu
necesidad de encontrar el alma gemela absoluta. Tu ansia por no dejar escapar
un tren que creías el último. Entendí también la decepción y el desencanto que
ahora te embargaban y las razones de tu regreso. “Si me dan a elegir me quedo
con tu compañía”, me dijiste, por último. “¿Sólo compañía? ¿Con tan poco te
conformas? ¿Qué es compañía?”, te pregunté. Recuerdo cómo sonreíste y me
cogiste la mano: “Y tú me lo preguntas. Compañía eres tú”.