viernes, 3 de marzo de 2017

Cartas frívolas. Retorno de Los Hamptons.



Querida R:
Te escribo tan sólo para decirte que acabo de regresar de Hamptons hace unos días. Aquello ya no es lo que era, nada tiene que ver con el encantador lugar que tú y yo conocimos hace ya… ¡Bueno, qué más da cuándo fuera eso, verdad?  Meschutt Beach está atestada, incluso ahora en invierno, de parejas de turistas en chanclas y calcetines que no dejan de hacerse “selfies” en poses imposibles mientras se toman uno de esos brebajes que preparan en los  Starbucks. Porque, ¿te lo puedes creer?, ahora hay un Starbucks en Montauk Road, donde antes estaba aquella tiendecita de decoración que tanto te gustaba, en la que compraste aquella cesta de picnic (con  platos de porcelana, “china” como le llaman los americanos, cubiertos y dos copas de champán) que estrenamos en una excursión a Shelter Island. Por cierto, ¿cómo se llamaba aquella jovencita morena de ojos verde oliva tan mona que la regentaba?, ¿Miss Spliff, puede ser?, ¿o quizá ese era el nombre con la que la conocíamos tú y yo?, la verdad, ya no lo recuerdo bien. Tú estabas empeñada en que yo le tiraba los tejos cada vez que íbamos allí, pero la verdad, a mí me tenía pinta de estar siempre fumada y, para ser sincero, no era mi tipo.
Esta vez me he quedado en casa de los Parvenue, que como recordarás pasan siempre estas fechas en Nueva Zelanda, donde Albern tiene vastas plantaciones de kiwis que debe vigilar férreamente ante la voracidad de los koalas. Su ama de llaves, una simpática italiana que cumplió los sesenta hace ya años, quería que ocupara la habitación de invitados, pero la convencí para que me ubicara en la casita de la piscina, más austera y modesta, ya sabes lo poco que me gusta incordiar al servicio de nuestros amigos y, sobre todo, lo mucho que me molesta que controlen mis idas y venidas. El caso es que desde aquí me he podido mover con libertad y discreción por la zona durante las últimas dos semanas, entrando y saliendo siempre que me apetecía, con la ventaja añadida de poder nadar media hora todos los días, a cubierto del gélido invierno que este año ha dejado al otro lado del Atlántico, ejercicio muy necesario por cierto para bajar la menestra maritata, el ossobuco, y  los sfogliatelles que Benedetta amorosamente preparaba casi a diario para mí.
Uno de esos días en los que el cielo cae a plomo sobre los hombros del horizonte y el mundo parece que se detiene, sólo por un instante, para tomar fuerzas con las que seguir adelante, no pude reprimir la tentación y volví a Apaquoque Road en busca de nuestra antigua casa. Fue algo impulsivo, lo reconozco, que hice impelido por el deseo de revivir la felicidad que allí experimentamos. Dijo alguien, no sé bien quién ni cuándo, que jamás se debe volver allí a donde se fue feliz. No le faltaba razón, créeme. No quiero entristecerte relatándote lo que allí me encontré, pero sólo te diré que el Aston Martin azul cobalto que siempre dejabas aparcado en el porche (con las llaves puestas, por cierto) ha sido sustituido por un Hummer amarillo como sacado de una película de  Schwarzenegger. ¡Imagina que clase de gente estará habitando lo que tú y yo llenamos de elegancia y buen gusto!
El resto del tiempo en los Hamptons, como ya te imaginaras, lo dedique a hacer algunos hoyos en el Sebonack Golf Club, a pasear por Meschutt Beach y por el parque Hubbard, y fundamentalmente a “vegetar”, intentado no pensar mucho en las pérdidas que Trump me va a ocasionar en las inversiones que tengo en Sudamérica.   En lo que a esto respecta, aprovecho para decirte, que me he encargado personalmente de que el fondo vitalicio que a tu nombre está depositado en la UBS de Berna no se vea afectado por ninguno de estos vaivenes políticos.
El último día cené en Harbor Bistro y me tomé un dry martini a tu salud, tal y como quieres que haga siempre que vengo por aquí. Damian, el chef, me preguntó de nuevo por ti y me pidió que te saludara en su nombre. El hombre debe de estar haciéndose mayor, porque no sólo ha olvidado que hace años que no vivimos aquí, sino que además su orecchiette ya no es lo que era. “Sic transit gloria mundi”,  querida.
Por cierto, ¿qué tal te va con tu nuevo esposo? ¿No está tardando mucho en sufrir una apoplejía? Ese tipo de accidentes son algo infrecuente en hombres de su edad, pero, ¡en fin!, las desgracias ocurren, ¿verdad?
En unos días salgo para Sotogrande. Hay que repintar la casa y limpiar el jardín de cara a la primavera. Si quieres algo de mí, llámame. Ya sabes el trabajo que dan las casas en el campo, pero para ti estoy siempre disponible.
No te molesto más.
Un beso, 
La fotografía que ilustra este post ha sido obtenida de la siguiente web.