
Hay momentos en la vida en los que es necesario detenerse a
hacer balance de situación. Circunstancias que nos llevan a poner en el debe y
en el haber de la existencia los saldos de todas aquellas cuentas que se han ido
generando, de forma sutil, inapreciable, imperceptible, en nuestro devenir diario, al igual que el
polvo se deposita, silencioso y tenue, sobre los muebles de una casa vieja con
muchas habitaciones cerradas. Porque, a fin de cuentas, a eso se asemejan
nuestras almas, a vetustas mansiones con numerosos cuartos, estancias, y recovecos, cerrados los unos por miedo,
vergüenza, o dolor, y abiertos los otros por orgullo, felicidad, o esperanza,
aunque en realidad cualquier razón vale para abrir o cerrar un lugar en nuestro
interior; así de caprichoso es el espíritu.
Los saldos acreedores, aquellos que presentamos a cobro a
quien algo nos debe, son en su mayoría morosos y de dudoso cobro, y sólo
nosotros somos responsables de que se hayan generado en nuestra vida. En personas,
cosas y lugares ponemos esperanzas y anhelos, depositamos iras y alegrías, y
cargamos frustraciones y desengaños. Lo hacemos sin que nadie nada nos haya
pedido, voluntariamente, generando así una obligación que sólo nosotros podemos
satisfacer. Son, en definitiva, cuentas
amargas de saldar, difíciles de acreditar, e imposibles de cobrar.
No sucede lo mismo con los saldos deudores. Esos son
ciertos, indiscutibles y auténticos, aunque sólo en contadas ocasiones somos
conscientes de su existencia, y si existen es porque siempre habrá alguien o
algo que nos obligue a seguir vivos y a no colgar el cartel de “cerrado por
cese de actividad”. Esta cuenta está formada por esas personas que se cruzan en
nuestra vida, unas veces para quedarse, otras para para estar sólo un tiempo, pero
que dejan siempre tras de sí una huella indeleble, una marca que nos forma y nos
modela. También la integran algunas de esas cosas que vamos acumulando día a
día: libros, música, películas, comidas, lugares, recuerdos… elementos
aparentemente sin importancia, "bibelots" en el decorado de nuestra vida, pero
que terminan por definirnos de forma sustantiva.
Al final de su película “Manhattan”, Woody Allen, tumbado en
un sofá a modo de diván, hacía también un peculiar balance vital, y se preguntaba
por aquellas cosas por las que merecía la pena vivir, concluyendo (como no podía
ser de otro modo), tras un personal
recorrido por poco más de media docena de cosas, que una de ellas era “el rostro de Tracy”, para
echarse después a la calle en su busca, al ritmo de la obertura de “Fanny Face”
de Gershwin, en una de las más bonitas y emocionantes
carreras de la historia del cine.
Han sido muchos los que han intentado emular a Woody Allen,
atreviéndose incluso a proponer listas de hasta cien ítems. Aquí no se llegará
a tanto, pero al menos se apuntaran
algunas de ellas, ninguna trascejdente, sino más bien todas anodinas y nimias. Es una lista personal e intransferible, susceptible de ser
completada y modificada, pero sincera y, sobre todo, necesaria:- El cine Woody Allen, todo él, incluso las películas que parecen menos buenas.
- Un café a media mañana, mejor si es en la compañía de un amigo.
- El Segundo movimiento de la Sinfonía núm. 9 de Antonin Dvôrak.
- Las mañanas de mayo y junio a orillas del Cantabrico, cuando el viento nordeste trae nieblas que hacen que la luz se tamice de forma que parece que el tiempo se ha parado.
- El aria "Addio del passato" de "La Traviatta", interpretado por Anna Netbreko.
- El cine, y en partícular el cine clásico.
- El primer baño de verano en la playa, aunque sea ya en el mes de julio.
- Toda la obra de Gonzalo Torrente Ballester, y especialmente "La isla de los jacintos cortados".
- Frank Sinatra, que cada año que pasa canta mejor.
- "El caminante sobre el mar de nubes", de Caspar David Friedrich, porque resume perfectamente ese sentimiento de "weltschmerz" del que no cosnigo despegarme.
- "Take five", en la versión de Dave Brubeck.
- "Charada" de Stanley Donen. Con Cary Grant, Audrey Hepburn, y Walter Matthau, entre otros, y en particular la "escena de la ducha".
- "Fly me to the moon",en la versión (obviamente) de Frank Sinatra.
- Alfredo Kraus cantando " Je crois entendre encore” de “Les pecheurs des perles”, de Georges Bizet.
- Pasear sin rumbo, sólo por el placer de andar y pensar al tiempo.
- Los títulos de crédito de "Two for the road", diseñados por Maurice Binder y con música de Henry Mancini.
- Los arreglos orquestales de Paul Mauriat. Alguna parafilia musical hay que tener, ¿verdad?
- El optimismo de la pintura de Louise Braithwaite.
- John Vickers cantabndo "La fleur que tu m'avais jetée", de "Carmen", de Bizet.
- Los meses que no tienen "r".
- Anna Netbreko de nuevo (no podía ser de otra foram) interpretando "Quando me´n vo´" de "La Boheme" de Puccini.
- La última noche de los "Proms", a la que espero poder asistir algún día.
- Las tormentas de verano, porque tenemos la seguridad de que después siempre calentará el sol.
- El olor del Cinamomo en junio.
- La última (por el momento) tiene, evidentemente, nombre de mujer.