lunes, 4 de enero de 2016

Razones para vivir.


Hay momentos en la vida en los que es necesario detenerse a hacer balance de situación. Circunstancias que nos llevan a poner en el debe y en el haber de la existencia los saldos de todas aquellas cuentas que se han ido generando, de forma sutil, inapreciable, imperceptible,  en nuestro devenir diario, al igual que el polvo se deposita, silencioso y tenue, sobre los muebles de una casa vieja con muchas habitaciones cerradas. Porque, a fin de cuentas, a eso se asemejan nuestras almas, a vetustas mansiones con numerosos cuartos, estancias, y  recovecos, cerrados los unos por miedo, vergüenza, o dolor, y abiertos los otros por orgullo, felicidad, o esperanza, aunque en realidad cualquier razón vale para abrir o cerrar un lugar en nuestro interior; así de caprichoso es el espíritu.
Los saldos acreedores, aquellos que presentamos a cobro a quien algo nos debe, son en su mayoría morosos y de dudoso cobro, y sólo nosotros somos responsables de que se hayan generado en nuestra vida. En personas, cosas y lugares ponemos esperanzas y anhelos, depositamos iras y alegrías, y cargamos frustraciones y desengaños. Lo hacemos sin que nadie nada nos haya pedido, voluntariamente, generando así una obligación que sólo nosotros podemos satisfacer. Son, en definitiva,  cuentas amargas de saldar, difíciles de acreditar, e imposibles de cobrar.
No sucede lo mismo con los saldos deudores. Esos son ciertos, indiscutibles y auténticos, aunque sólo en contadas ocasiones somos conscientes de su existencia, y si existen es porque siempre habrá alguien o algo que nos obligue a seguir vivos y a no colgar el cartel de “cerrado por cese de actividad”. Esta cuenta está formada por esas personas que se cruzan en nuestra vida, unas veces para quedarse, otras para para estar sólo un tiempo, pero que dejan siempre tras de sí una huella indeleble, una marca que nos forma y nos modela. También la integran algunas de esas cosas que vamos acumulando día a día: libros, música, películas, comidas, lugares, recuerdos… elementos aparentemente sin importancia, "bibelots" en el decorado de nuestra vida, pero que terminan por definirnos de forma sustantiva.
Al final de su película “Manhattan”, Woody Allen, tumbado en un sofá a modo de diván, hacía también un peculiar balance vital, y se preguntaba por aquellas cosas por las que merecía la pena vivir, concluyendo (como no podía ser de otro modo),  tras un personal recorrido por poco más de media docena de cosas,  que una de ellas era “el rostro de Tracy”, para echarse después a la calle en su busca, al ritmo de la obertura de “Fanny Face” de  Gershwin,  en una de las más bonitas y emocionantes carreras de la historia del cine.
Han sido muchos los que han intentado emular a Woody Allen, atreviéndose incluso a proponer listas de hasta cien ítems. Aquí no se llegará a tanto, pero al menos se  apuntaran algunas de ellas, ninguna trascejdente, sino más bien todas anodinas y nimias. Es una lista personal e intransferible, susceptible de ser completada y modificada, pero sincera y, sobre todo, necesaria:
  1. El cine Woody Allen, todo él, incluso las películas que parecen menos buenas. 
  2. Un café a media mañana, mejor si es en la compañía de un amigo.
  3. El Segundo movimiento de la Sinfonía núm. 9 de Antonin Dvôrak. 
  4. Las mañanas de mayo y junio a orillas del Cantabrico, cuando el viento nordeste trae nieblas que hacen que la luz se tamice de forma que parece que el tiempo se ha parado. 
  5. El aria "Addio del passato" de "La Traviatta", interpretado por Anna  Netbreko.
  6. El cine, y en partícular el cine clásico.
  7. El primer baño de verano en la playa, aunque sea ya en el mes de julio.
  8. Toda la obra de Gonzalo Torrente Ballester, y especialmente "La isla de los jacintos cortados".
  9. Frank Sinatra, que cada año que pasa canta mejor.
  10. "El caminante sobre el mar de nubes", de Caspar David Friedrich, porque resume perfectamente ese sentimiento de "weltschmerz" del que no cosnigo despegarme. 
  11. "Take five", en la versión de Dave Brubeck
  12. "Charada" de Stanley Donen. Con Cary Grant, Audrey Hepburn, y Walter Matthau, entre otros, y en particular la "escena de la ducha".
  13. "Fly me to the moon",en la versión (obviamente) de Frank Sinatra. 
  14. Alfredo Kraus cantando " Je crois entendre encore”  de “Les pecheurs des perles”, de Georges Bizet.
  15. Pasear sin rumbo, sólo por el placer de andar y pensar al tiempo.
  16. Los títulos de crédito de "Two for the road", diseñados por Maurice Binder y con música de Henry Mancini
  17. Los arreglos orquestales de Paul Mauriat. Alguna parafilia musical hay que tener, ¿verdad?
  18. El optimismo de la pintura de Louise Braithwaite.
  19. John Vickers cantabndo "La fleur que tu m'avais jetée", de "Carmen", de Bizet.
  20. Los meses que no tienen "r".
  21. Anna Netbreko de nuevo (no podía ser de otra foram) interpretando "Quando me´n vo´" de "La Boheme" de Puccini. 
  22. La última noche de los "Proms", a la que espero poder asistir algún día. 
  23. Las tormentas de verano, porque tenemos la seguridad de que después siempre calentará el sol.
  24. El olor del Cinamomo en junio.
  25. La última (por el momento) tiene, evidentemente, nombre de mujer.