domingo, 26 de febrero de 2012

El tiempo detenido.

Elegantemente sencilla, sencillamente elegante. Así recordamos muchos a Audrey Hepburn. No importa que película rememoremos: Ariane (Billy Wilder, 1957), Desayuno con diamantes (Blake Edwards, 1961), My fair lady (George Cukor, 1964)…en cualquiera de ellas, Hepburn se nos presenta como un ser delicado, hermoso, cautivador, capaz de atraer a quien la ve a un mundo de buen gusto y distinción. Puede ser la Hermana Luc, una monja atormentada por sus propias convicciones en Historia de una monja (Fred Zinnemann, 1959),  Joanna Wallace, la  sufridora esposa de Albert Finney en Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967), o Lady Marian en Robin y Marian (Richard Lester, 1976), donde da vida a la madura esposa de Robin Hood (Sean Connery),  pero su magnetismo y vibrante personalidad traspasan siempre la pantalla y llegan hasta el alma de quien la contempla.
Cary Grant es otro de esos actores que han dejado huella en muchos de nosotros con películas como Luna nueva (Howard Hawks, 1940), Con la muerte en los talones  (Alfred Hitchcock, 1959), o Página en blanco (Stanley Donen, 1960). Su indiscutible elegancia y distinción - no exentas de cierta sutil ironía – su impecable apariencia, y sus cuidados modales han hecho de él el paradigma del caballero ideal: un hombre capaz de fascinar a las mujeres al tiempo que suscita la admiración de los hombres. Si bien tan sólo trabajo una vez  con Audrey Hepburn, en una sofisticada y memorable comedia de intriga (Charada, Stanley Donen, 1963), tal fue la complicidad y química que destiló esta pareja que resulta increíble que éste fuera su único trabajo juntos.
Pero no sólo Audrey Hepburn y Cary Grant son capaces de seducirnos con algo más que un físico espectacular esculpido a base de mancuerna y bisturí. Otros actores también nos cautivan, conquistan y enamoran con un arma muy especial: su charme. Laurence Olivier, Grace Kelly, David Niven, Greta Garbo…están por encima de las modas, del pasajero éxito, del oropel vacuo que rodea a su oficio. Todos ellos tuvieron su época gloriosa en las décadas de los años 50 y 60 del s. XX,  y parece que con ese tiempo se extinguió una forma más amable de entender la vida. Pocos quedan hoy que se puedan adaptar a ese exigente perfil; acaso Kristin Scott-Thomas, Michael Caine, o Colin Firth sean algunos de ellos.
Rex Harrison, transfigurado en Cecil Sheridan Fox para Mujeres en Venecia (Joseph L. Mankiewicz, 1967),  decía que   “No ha existido otro tiempo y otro mundo, sólo hemos perdido el placer de vivir en ellos”. Quizá tenga razón el inolvidable profesor Henry Higgins y toda esta melancolía se deba a la falta de ilusión, a la pérdida del deseo de seguir viviendo en un momento diferente. Acaso así sea, pero puede que esté más en lo cierto Jardiel Poncela cuando decía que “Todo tiempo pasado es, sencillamente, anterior”.

Fotografía: Audrey Hepburn  vestida por Hubert de Givenchy en “Como robar un millón” (William Wyler, 1966). Obtenida en http://www.audrey1.org/

martes, 14 de febrero de 2012

El retorno del latin lover.

Es difícil definir en pocas palabras lo qué es un latin lover. Quién más, quién menos, tiene una idea preconcebida, una imagen asociada a alguna celebridad del papel couche, modelo que pocas veces se ajusta a su autentica esencia. Si bien el término surgió a principios del siglo pasado para referirse a los estragos que entre las féminas causaba Rodolfo Valentino, sus antecedentes se pueden encontrar ya en los dramas shakesperianos de Romeo y Julieta y Otelo, con Julieta y Desdémona como fatales protagonistas.  Tendríamos que esperar, empero, a la década de los años sesenta del s. XX para que estos dandies pasados por los aires del Mediterráneo vivieran su época dorada. La dolce vita fue un periodo breve, pero suficiente  para dejarnos algunos impecables ejemplos de cómo debía ser el perfecto latin lover. Paciente, irónico, inaccesible a la ansiedad, sabedor de que ella se rendirá en el momento justo, Marcelo Mastroiani logró que Catherine Renueve claudicara ante él, igual que lo consiguió Luís Miguel Dominguín con Ava Gadner, o Gigi Rizzi  con Bridgitte Bardot.
Rasgos como un cinismo seductor, un descaro revestido de elegancia, y una ternura tapizada en sutil  virilidad, son los caracteres definitorios del  latin lover clásico, el único en verdad genuino, y los responsables de que  éste destaque en el mundo light que nos ha tocado vivir, lleno de relaciones descafeinadas y vivencias frívolas. Porque el fin último del latin lover es seducir, pero también dejar a su paso una estela de peculiar distinción, cortesía y delicadeza, no exenta de cierta melancolía, haciendo que la conquista sea sólo una herramienta más de fascinación. Por eso,  ni el  latin lover es un  Don Juan o un Casanova, un hombre superficial que busca la conquista fácil para deleitarse con la compañía de una mujer bella, ni ellas son inocentes doncellas desconocedoras de las consecuencias del galanteo. Ambos, seductor y seducida, conquistador y conquistada, se aventuran voluntariamente en un juego de imprevisible desarrollo pero con un inevitable final: la imposibilidad de hacer pervivir lo que es efímero.
Es significativo que nuestra sociedad vuelva recurrentemente a encumbrar a los latin lovers, quizá en un vano intento por apurar un eterno retorno vital que nos ayude a huir de mediocridad que nos rodea. Por desgracia, la nueva oleada de dandies mediterráneos es hija de su tiempo, y ni Javier Bardem irradia la ternura de “el bueno de Marcelo” (como Fellini llamaba a Mastroiani), ni Antonio Banderas tiene la elegancia de Giovanni Agnelli, ni Joaquín Cortes posee el sutil descaro de José Luís de Vilallonga.
“¡Que alegría vivir, sitiándose vivido”, dijo Pedro Salinas en “La voz a ti debida”. El latin lover vive y da vida al hacerlo. Ofrece a su conquista y ruega para si ilusión, pasión  y esperanza. Saben que a sus presumibles dotes físicas ha de añadirse el don de la elocuencia, porque a la mujer verdadera se la seduce por el oído. El latin lover es real, y todavía pulula entre nosotros, pero es sabedor de que su ropaje (como la coraza de los antiguos caballeros) no es sino el envoltorio de la verdad que lleva en su interior.