sábado, 25 de abril de 2020

Llámame, tenemos que hablar.

Aquella noche no pude dormir. No podía olvidar tus palabras. “Llámame, tenemos que hablar”. Las pronunciaste con voz queda unas horas antes. Casi un susurro que a mí me sonó a ruego. Una petición así no se hace en la cola del supermercado si no es por algo importante, ¿verdad? A vuelapluma garabateaste tu teléfono en el tique de la compra. Sin despedirte, presurosa, cruzaste la salida llevando contigo toda tu majestuosidad. Ese mismo charme que tanto me encandiló la primera vez que te vi en el trabajo. De eso hace ya diez años.
Apenas supe de ti después de que dejaras “La Confianza”. Lo abandonaste todo por aquel bigardo del departamento de ingeniería. Te hacia reír, me dijiste. Tenía tus mismas aficiones. Le gustaba el pádel, era vegano, y prefería la moto al coche. Y, por encima de todo, te excitaba su voz grave, me confesaste. Porque, recuerda, tú entonces me lo contabas todo a mí. Entre cafés por la mañana, tés por la tarde, y algún dry Martini ocasional por la noche. Un día al salir de trabajar me invitaste al cenar. Querías que te alquilara aquel apartamento que mi tía me había dejado en Vallehermoso. Te dije que no. Te mentí. Te dije que necesitaba reforma, que era frío, que la fontanería fallaba. Disculpas. Tú tenías prisa por empezar tu vida junto a él y yo no soportaba la idea de imaginaros juntos gracias a mi ayuda. Una semana después supe que te marchabas. Dejabas tu empleo de los últimos siete años para seguir al amor de tu vida. No te despediste y no te volví a ver. Hasta aquella tarde.
La única esperanza de una mala noche es una mañana de luz. El renacer que promete el alba. Te llamé a primera hora. Durante la noche había fantaseado con la idea de retomar aquellos cafés, tés, y dry martinis y, quizá ahora, ahora sí, reunir el valor para decirte cuánto te amaba. Al otro lado del teléfono sonó una voz grave. No era la de aquel por quién lo dejaste todo hace años. No el amor de tu vida, o quizá sí. Sí el amor de tu nueva vida. Farfullé una disculpa y colgué. No tardaste en llamarme tú.  Estabas jovial.  Sonabas cálida y cercana como nunca antes. “¿Qué te parece si cenamos hoy?” “Por cierto, ¿aun tienes aquel apartamento de Vallehermoso…?”