domingo, 17 de julio de 2016

Cartas a Audrey (V)

Querida A:
Hubo un tiempo en que para llegar a casa atajaba por una de esas calles tristes y vulgares que hay en todas las ciudades. Unos edificios grises, anodinos, y sombríos parecían haber creado aquella vía por aluvión, casi de forma espontánea, como si la calzada y la acera fueran una necesidad que se había tenido que amoldar a una realidad irremediablemente consumada. Tan ordinario era aquel lugar que ninguna bocacalle se dignaba a cruzarse con él, lo que hacía que aquellos escasos trescientos metros se hicieran más largos de lo que en realidad eran. Evitaba acortar camino por allí siempre que podía pero, cuando no me quedaba más remedio que hacerlo, apuraba el paso para llegar lo antes posible a mi piso en la plaza de los Marinos Efesios mientras me preguntaba qué pecado habrían cometido quienes allí vivían para merecer tan mísero castigo. No imaginaba entonces lo caprichoso que es el destino con quien osa juzgarlo, porque poco tiempo después yo mismo terminaría viviendo en aquella calle, en el primer piso de uno de esos edificios vulgares, justo encima de una pequeña fábrica de chocolate que expelía día y noche un pesado e indigesto olor dulzón.
No voy aburrirte, no hoy al menos, pero algún día te contaré cómo una muerte, un nacimiento, y un chaparrón de verano me llevaron hasta aquel pequeño apartamento de la calle Deimos donde te reencontré transmutada en mi vecina del primero izquierda. Como siempre, te reconocí nada más verte, pese a que tú, altiva, distraída, y distante como eres, no repararas en mí entonces. Tendría que esperar varias semanas desde nuestro primer encuentro (tú subías la compra del supermercado y yo amablemente te abrí la puerta y aun la sostuve un tiempo después de que pasaras, esperando unas palabras no ya de gratitud, sino al menos de gentileza, que nunca llegaron) para que entraras por primera vez en mi apartamento y, por fin, de nuevo en mi vida.
Aquella noche había estado trabajando más de lo habitual para poder entregar a tiempo un trabajo para mi tesis, aquella que como recordarás acabaría abandonando. No era tarde, tampoco temprano, quizá poco más de las once, cuando llamaste a mi puerta. Te habías quedado sin luz en el piso y querías saber si era un accidente que te afectaba sólo a ti o también al resto del vecindario. Algo deberías haber sospechado ya cuando mi timbre zumbo por primera vez, incluso antes cuando viste luz en el rellano, pero pese a ello esperaste, afortunadamente tozuda, a que te abriera la puerta de mi casa. Al igual que yo, tú también tenías la cena pendiente, y si bien cenar a oscuras, aun a solas, puede resultar emocionante y romántico, es del todo imposible hacerlo cuando  todo en la cocina funciona con corriente eléctrica. Quizá por eso, y quizá porque temías haber perdido no sé qué documento en tu ordenador, estabas tan preocupada y ansiosa por que la luz volviera a hacerse en tu casa.
No sé por qué muchas mujeres creéis que los hombres estamos dotados con una habilidad innata para los trabajos manuales, el bricolaje, y otras artes domésticas de mantenimiento. Convencida  de esa descabellada idea, me invitaste (más bien debería decir que me conminaste) a entrar en tu piso, precisamente a mí, que   ni capaz soy de ponerme sin ayuda de otro las lentillas todos los días. Sea como fuere, con una linterna como arma, entramos en tu casa en busca del cuadro eléctrico donde esperábamos encontrar la causa del desaguisado, pero  una vez ante él, y tras mucho manipular los interruptores y el diferencial, nada pudimos hacer para remediar aquella avería. Recordarás que fue entonces cuando se te ocurrió la idea de llamar al casero. Afortunadamente, te convencí de que no era prudente hacerlo tan tarde: ¿qué podría hacer él para devolverte la luz?, si acaso llamar a un electricista quien cobraría mucho por una reparación de emergencia, para colmo nocturna, minuta que probablemente acabarían por repercutirte en la próxima mensualidad. Me diste la razón, más derrotada que convencida,  y me interrogaste con la mirada sobre qué hacer. “Puedes pasar a casa y cenar conmigo. Al menos así harás algo de tiempo antes de dormir”, te dije. No tenías muchas más opciones, reconócelo: descartado el único bar de nuestra calle, concurrido a esas horas por dipsómanos retrasados y por solitarios impenitentes, sólo te quedaba hacer veinte minutos a pie y acercarte a la pizzería de la plaza Mayor, o irte a la cama en ayunas. Ahora que ha pasado el tiempo, pienso que puede que fuera el hambre lo que te llevo hasta mi casa aquella noche, pero estoy seguro de que no fueron mis dotes de cocinero las que te retuvieron allí durante meses, ¿verdad?
Mientras preparaba un par de tortillas francesas “aux fines herbes” (en realidad sólo era un poco de perejil y perifollo picados a toda prisa para la ocasión) te observé como hacías tuyo mi ofrecimiento de un momento antes, “Pasa y ponte cómoda. Estás en tu casa”, te había dicho. Desde la cocina, con el delantal puesto, y sin dejar de batir los huevos, apoyado en el marco de la puerta, te observé de espaldas, recorriendo la sala de estar al igual que lo haría un gato que entra por primera vez en una habitación desconocida, curioseando entre mis libros, deuvedés,  y cedes, abriendo y hojeando unos, alineando otros, leyendo fugazmente  alguna contraportada o solapa, cogiendo con cuidado, casi con cariño, alguno de los bibelots que mis alumnos se empeñaban en regalarme cada fin de curso, acariciando las figuras de porcelana azul cobalto que servían para recordarme la tierra en la que había nacido,  mirando con atención las láminas con reproducciones de carteles de ópera y de antiguas películas de Hollywood, colgados días antes con más voluntad que acierto, acariciando sus marcos con el dedo, como queriendo comprobar si soy un amo de casa digno y aplicado. Vi luego, como sentada, siempre de espaldas a mí, ignorante de ser espiada, ante el televisor apagado, con la ventana aun sin cortinas al fondo que dejaba ver la noche ya cerrada, extendías los brazos a lo largo del respaldo, como si con ese gesto tomaras posesión de él y por extensión de la casa, del continente y de todo su contenido, yo incluido. A medida que te veía hacer todo esto, podía imaginar tu cara de sorpresa, de asombro, de desconcierto, puede que de susto en algún momento, ante todo lo que ibas descubriendo. Sabía, mucho después me lo confirmaste, que te desconcertarias al entrar en aquella cueva que era mi casa, llena de cachivaches que se repartían de forma más o menos ordenada, de forma más o menos desordenada, entre las estanterías, las mesas, el sofá, las sillas, y varías cajas aun por el suelo y sin abrir. Puede que en esa tregua exploratoria del sofá, por un instante, intentarás clasificarme en alguna categoría de locura o rareza pero, de ser así,  el veredicto no debió de ser muy malo porque en aquel momento no saliste huyendo de allí.
Como es lógico,  no me dediqué solo a acecharte desde la cocina. Un par de tortillas francesas, por muy sencillas que parezcan, no se hacen solas, además, debía ingeniármelas para añadir algo más a aquella magra cena. Estaba en estas cavilaciones cuando me preguntaste desde la sala si podías poner música, y sin que me diera tiempo a responderte empezó a sonar Ella Fitzgerald  cantando “Night and Day”. “Me encanta esta música”, dijiste, “Es la que escuchaban mis padres en casa cuando yo era pequeña”. No recuerdo (sí tú lo recuerdas, dímelo, por favor) qué fue lo que acompañó a aquellas dos tortillas francesas de perejil y perifollo, sólo sé que hablamos más que comimos (y no precisamente por mi notoria nulidad como cocinero), de ti, de lo que te había traído hasta la puerta de al lado, de las esperanzas que tenías en el futuro, de algunos de tus temores; y también hablamos de mí, del porqué del desorden de mi piso, y por extensión del desorden de mi vida, de mi pesimismo en el futuro, de mis muchos miedos y temores. Todo mientras, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong cantaban “Cheekto Cheek”, “When you are smiling”,“Dream a Little Dream”, y otros standars clásicos y nosotros apurábamos media botella de Paternina crianza. Aquella noche terminó pasada la una de la mañana, cuando tú cerraste la puerta de tu piso, a oscuras aun por culpa de una extraña avería eléctrica, y yo cerré la puerta del mío, cavilando ya cómo iba a ingeniármelas para traerte de nuevo a mi vida.
Han pasado algunos años de todo esto y he de confesarte algo que espero puedas perdonarme. A la mañana siguiente de aquella primera cena salí de casa mucho más temprano de lo habitual. No quería cruzarme contigo en el portal. No quería que vieras como abría una pequeña puerta camuflada en el hueco de las escaleras, donde el electricista había disimulado los contadores y los interruptores generales de cada piso. El interruptor que te correspondía estaba bajado, quizá por una sobrecarga, quién sabe, y lo subí para que al despertar tuvieras luz en casa a la hora del desayuno. Omití contarte la existencia de este interruptor  aquella primera noche porque esa era la única manera de volver a tenerte cerca, y después me olvidé también de mencionarlo durante todo el tiempo en el que fuimos vecinos, tiempo en el cual tu casa sufrió varios e inoportunos apagones  que te traían siempre al socaire de mi compañía y que se resolvían, inexplicablemente, a la mañana siguiente.
Pero eso ya es otra historia.
Nada más por hoy. No más lata.
Siempre tuyo.

AM.