Querida A:
Hubo un tiempo en que para llegar a casa atajaba por una de
esas calles tristes y vulgares que hay en todas las ciudades. Unos edificios
grises, anodinos, y sombríos parecían haber creado aquella vía por aluvión, casi
de forma espontánea, como si la calzada y la acera fueran una necesidad que se
había tenido que amoldar a una realidad irremediablemente consumada. Tan
ordinario era aquel lugar que ninguna bocacalle se dignaba a cruzarse con él,
lo que hacía que aquellos escasos trescientos metros se hicieran más largos de
lo que en realidad eran. Evitaba acortar camino por allí siempre que podía pero,
cuando no me quedaba más remedio que hacerlo, apuraba el paso para llegar lo
antes posible a mi piso en la plaza de los Marinos Efesios mientras me
preguntaba qué pecado habrían cometido quienes allí vivían para merecer tan
mísero castigo. No imaginaba entonces lo caprichoso que es el destino con quien
osa juzgarlo, porque poco tiempo después yo mismo terminaría viviendo en
aquella calle, en el primer piso de uno de esos edificios vulgares, justo
encima de una pequeña fábrica de chocolate que expelía día y noche un pesado e
indigesto olor dulzón.
No voy aburrirte, no hoy al menos, pero algún día te contaré
cómo una muerte, un nacimiento, y un chaparrón de verano me llevaron hasta
aquel pequeño apartamento de la calle Deimos donde te reencontré transmutada en
mi vecina del primero izquierda. Como siempre, te reconocí nada más verte, pese
a que tú, altiva, distraída, y distante como eres, no repararas en mí entonces.
Tendría que esperar varias semanas desde nuestro primer encuentro (tú subías la
compra del supermercado y yo amablemente te abrí la puerta y aun la sostuve un
tiempo después de que pasaras, esperando unas palabras no ya de gratitud, sino
al menos de gentileza, que nunca llegaron) para que entraras por primera vez en
mi apartamento y, por fin, de nuevo en mi vida.
Aquella noche había estado trabajando más de lo habitual
para poder entregar a tiempo un trabajo para mi tesis, aquella que como
recordarás acabaría abandonando. No era tarde, tampoco temprano, quizá poco más de
las once, cuando llamaste a mi puerta. Te habías quedado sin luz en el piso y
querías saber si era un accidente que te afectaba sólo a ti o también al resto
del vecindario. Algo deberías haber sospechado ya cuando mi timbre zumbo por
primera vez, incluso antes cuando viste luz en el rellano, pero pese a ello
esperaste, afortunadamente tozuda, a que te abriera la puerta de mi casa. Al
igual que yo, tú también tenías la cena pendiente, y si bien cenar a oscuras,
aun a solas, puede resultar emocionante y romántico, es del todo imposible hacerlo
cuando todo en la cocina funciona con
corriente eléctrica. Quizá por eso, y quizá porque temías haber perdido no sé qué
documento en tu ordenador, estabas tan preocupada y ansiosa por que la luz
volviera a hacerse en tu casa.
No sé por qué muchas mujeres creéis que los hombres estamos
dotados con una habilidad innata para los trabajos manuales, el bricolaje, y
otras artes domésticas de mantenimiento. Convencida de esa descabellada idea, me invitaste (más
bien debería decir que me conminaste) a entrar en tu piso, precisamente a mí, que
ni
capaz soy de ponerme sin ayuda de otro las lentillas todos los días. Sea como
fuere, con una linterna como arma, entramos en tu casa en busca del cuadro
eléctrico donde esperábamos encontrar la causa del desaguisado, pero una vez ante él, y tras mucho manipular los
interruptores y el diferencial, nada pudimos hacer para remediar aquella avería.
Recordarás que fue entonces cuando se te ocurrió la idea de llamar al casero.
Afortunadamente, te convencí de que no era prudente hacerlo tan tarde: ¿qué
podría hacer él para devolverte la luz?, si acaso llamar a un electricista
quien cobraría mucho por una reparación de emergencia, para colmo nocturna,
minuta que probablemente acabarían por repercutirte en la próxima mensualidad.
Me diste la razón, más derrotada que convencida, y me interrogaste con la mirada sobre qué
hacer. “Puedes pasar a casa y cenar conmigo. Al menos así harás algo de tiempo
antes de dormir”, te dije. No tenías muchas más opciones, reconócelo: descartado
el único bar de nuestra calle, concurrido a esas horas por dipsómanos
retrasados y por solitarios impenitentes, sólo te quedaba hacer veinte minutos
a pie y acercarte a la pizzería de la plaza Mayor, o irte a la cama en ayunas.
Ahora que ha pasado el tiempo, pienso que puede que fuera el hambre lo que te
llevo hasta mi casa aquella noche, pero estoy seguro de que no fueron mis dotes
de cocinero las que te retuvieron allí durante meses, ¿verdad?
Mientras preparaba un par de tortillas francesas “aux fines
herbes” (en realidad sólo era un poco de perejil y perifollo picados a toda
prisa para la ocasión) te observé como hacías tuyo mi ofrecimiento de un
momento antes, “Pasa y ponte cómoda. Estás en tu casa”, te había dicho. Desde
la cocina, con el delantal puesto, y sin dejar de batir los huevos, apoyado en
el marco de la puerta, te observé de espaldas, recorriendo la sala de estar al
igual que lo haría un gato que entra por primera vez en una habitación
desconocida, curioseando entre mis libros, deuvedés, y cedes, abriendo y hojeando unos, alineando
otros, leyendo fugazmente alguna contraportada
o solapa, cogiendo con cuidado, casi con cariño, alguno de los bibelots que mis
alumnos se empeñaban en regalarme cada fin de curso, acariciando las figuras de
porcelana azul cobalto que servían para recordarme la tierra en la que había
nacido, mirando con atención las láminas
con reproducciones de carteles de ópera y de antiguas películas de Hollywood,
colgados días antes con más voluntad que acierto, acariciando sus marcos con el
dedo, como queriendo comprobar si soy un amo de casa digno y aplicado. Vi luego,
como sentada, siempre de espaldas a mí, ignorante de ser espiada, ante el
televisor apagado, con la ventana aun sin cortinas al fondo que dejaba ver la
noche ya cerrada, extendías los brazos a lo largo del respaldo, como si con ese
gesto tomaras posesión de él y por extensión de la casa, del continente y de
todo su contenido, yo incluido. A medida que te veía hacer todo esto, podía
imaginar tu cara de sorpresa, de asombro, de desconcierto, puede que de susto
en algún momento, ante todo lo que ibas descubriendo. Sabía, mucho después me lo
confirmaste, que te desconcertarias al entrar en aquella cueva que era mi casa,
llena de cachivaches que se repartían de forma más o menos ordenada, de forma
más o menos desordenada, entre las estanterías, las mesas, el sofá, las sillas,
y varías cajas aun por el suelo y sin abrir. Puede que en esa tregua
exploratoria del sofá, por un instante, intentarás clasificarme en alguna
categoría de locura o rareza pero, de ser así, el veredicto no debió de ser muy malo porque
en aquel momento no saliste huyendo de allí.
Como es lógico, no me
dediqué solo a acecharte desde la cocina. Un par de tortillas francesas, por
muy sencillas que parezcan, no se hacen solas, además, debía ingeniármelas para
añadir algo más a aquella magra cena. Estaba en estas cavilaciones cuando me
preguntaste desde la sala si podías poner música, y sin que me diera tiempo a
responderte empezó a sonar Ella Fitzgerald
cantando “Night and Day”. “Me encanta esta música”, dijiste, “Es la que
escuchaban mis padres en casa cuando yo era pequeña”. No recuerdo (sí tú lo
recuerdas, dímelo, por favor) qué fue lo que acompañó a aquellas dos tortillas francesas
de perejil y perifollo, sólo sé que hablamos más que comimos (y no precisamente
por mi notoria nulidad como cocinero), de ti, de lo que te había traído hasta
la puerta de al lado, de las esperanzas que tenías en el futuro, de algunos de
tus temores; y también hablamos de mí, del porqué del desorden de mi piso, y
por extensión del desorden de mi vida, de mi pesimismo en el futuro, de mis muchos
miedos y temores. Todo mientras, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong cantaban “Cheekto Cheek”, “When you are smiling”,“Dream a Little Dream”, y otros standars clásicos
y nosotros apurábamos media botella de Paternina crianza. Aquella noche terminó
pasada la una de la mañana, cuando tú cerraste la puerta de tu piso, a oscuras
aun por culpa de una extraña avería eléctrica, y yo cerré la puerta del mío,
cavilando ya cómo iba a ingeniármelas para traerte de nuevo a mi vida.
Han pasado algunos años de todo esto y he de confesarte algo
que espero puedas perdonarme. A la mañana siguiente de aquella primera cena salí
de casa mucho más temprano de lo habitual. No quería cruzarme contigo en el
portal. No quería que vieras como abría una pequeña puerta camuflada en el
hueco de las escaleras, donde el electricista había disimulado los contadores y
los interruptores generales de cada piso. El interruptor que te correspondía
estaba bajado, quizá por una sobrecarga, quién sabe, y lo subí para que al
despertar tuvieras luz en casa a la hora del desayuno. Omití contarte la
existencia de este interruptor aquella primera
noche porque esa era la única manera de volver a tenerte cerca, y después me olvidé
también de mencionarlo durante todo el tiempo en el que fuimos vecinos, tiempo
en el cual tu casa sufrió varios e inoportunos apagones que te traían siempre al socaire de mi
compañía y que se resolvían, inexplicablemente, a la mañana siguiente.
Pero eso ya es otra historia.
Nada más por hoy. No más lata.
Siempre tuyo.
AM.