martes, 30 de diciembre de 2014

Cartas a Audrey (II)

Querida A:
Sabes, y si no te lo digo ahora, que uno de mis mayores defectos (y eso ya es mucho decir porque mis carencias, deficiencias y fallos son muchos y variados) es que tengo buena memoria para las fechas. No puedo evitar, y créeme que me gustaría hacerlo, recordar todo tipo de evento, efeméride, o conmemoración, desde cumpleaños, onomásticas o aniversarios, hasta hechos tan triviales como la fecha en que cambié la bombilla del plafón del cuarto de baño por última vez. No quiere esto decir que no me olvide de citas importantes, como la revisión trimestral con mi oculista, o que no pierda, y afortunadamente vuelva a encontrar, las llaves de casa varias veces todas las semanas. Lo que sucede es que, sin quererlo, fijo ciertos momentos en mi memoria, el día, mes y año en que sucedieron, a veces como verás a continuación también la hora, e inconscientemente empiezo a tejer una red de enlaces entre los más recientes y los más viejos, aplicando eso que llaman nmemotecnia y que en mi caso se asemeja más, a fuerza de acumular sucesos, a un castillo de naipes hecho con hojas de calendario. A ti quizá esto te parezca interesante, divertido, o incluso útil, pero créeme si te digo que no lo es, porque, lo que tampoco sabes, es que esta capacidad de rememorar no es puntual, infalible y segura, y a veces olvido el aniversario de quien aprecio y estimo, y otras no hago más que acordarme del día en que nació aquel que ni mi desprecio se merece.
Traigo aquí esta divagación sobre mi capacidad memorística porque hace pocas semanas se conmemoró el aniversario de uno de nuestros rencuentros. (Que bien suena dicho así, ¿verdad?: “conmemorar”. Parece como si hubiera una ceremonia o un rito por medio, como si los fuegos artificiales estuvieran presentes en ese momento, o la música sonora en ese instante sólo para nosotros) Estoy casi seguro de que tú no te acordarás, pero albergo aun alguna duda (no ya esperanzas, la verdad) de que sí lo hagas, porque tal y como sucedió todo ambos tenemos motivos suficientes para no olvidar aquella fecha, aun cuando la fortuna no hubiera querido juntarnos de nuevo aquel día.
La verdad, no se por qué repámpanos mi coche no arrancó aquella mañana de noviembre. Ni tan siquiera sé, puestos a hacer memoria, qué era lo que me llevaba a utilizarlo para  ir de casa a la facultad, cuando podía hacer ese camino a pie en apenas diez minutos si atajaba por el paseo marítimo. Que lo hicieras tú era lógico. Desde que te fuiste a vivir fuera de nuestra ciudad, por una de esas decisiones que ha de cambiarnos la vida, se supone que a mejor, hacías a diario decenas de kilómetros para volver a trabajar al lugar de donde nunca te deberías haber marchado, y en el que, sin saberlo, me dejaste solo una vez más. Porque, reconócelo, hasta que empezaste a leer estas cartas (si es que algún día lo llegas a hacer y te das por aludida) nunca has tenido verdadera conciencia de lo importante que fuiste en mi vida, ni del desbarajuste que dejabas cada vez que te apetecía entrar o salir de ella.
Como ya te imaginarás (¿o empiezas ya recodar?), aquella mañana de hace ya diez años no me quedó más remedio que echarme a andar y cargar con mi viejo maletín de cuero marrón, a rebosar con los papeles de mi tesis, una tesis que ya entonces empezaba a aborrecer y que al final acabé por dejar plantada para dedicarme a otras cosas, sino de mayor provecho intelectual, si al menos de mayor utilidad alimenticia. Quizá te apiadaste de mí porque me viste especialmente apurado,  tal vez mi aspecto fuera verdaderamente patético, o a lo mejor la fortuna trasteó para que nos encontráramos de aquella peculiar manera, pero, en todo caso, te ofreciste a llevarme. Así fue como un día par de un mes impar de un año par no te conformaste con saludarme sin más, como en tantas otras ocasiones en las que coincidimos: unas veces en la calle, otras en el supermercado, algunas tomando un café en local de costumbre, las más de ellas tú siempre acompañada por quien entonces compartía tu vida. En aquella ocasión detuviste tu coche, y por un momento también el ritmo frenético de tu vida, y me invitaste a subir, aunque no a tu vida como yo hubiera querido.
Durante los escasos diez minutos que tardamos en llegar hablamos de lo frío que venía el otoño este año, de lo difícil que se había puesto la vida en esta dichosa ciudad, o de la buena suerte que había tenido con que pasaras en el mismo instante en que yo desistía de poner en marcha mi coche, o mi coche se negaba a ser arrancado, que aún no se muy bien cómo fue. Todo ello transcurrió acompañado por la banda sonora que ponía tu radiocasete, en el que sonaban Andrés Calamaro, Chenoa, y Coti, selección muy energética, por cierto, para cuando aun no habían dado las nueve de la mañana.
Antes de dejarme, justo a tiempo de mi primera clase de la mañana, y ya cuando nos habíamos despedido, me dijiste: “Vuelvo aquí, vuelvo a casa. C. y yo lo hemos dejado...”. No tuvimos tiempo de más, el semáforo estaba ya en verde y yo aun tenía que bajarme y arrear con todos mis bártulos. Volvimos a vernos quince días después, cuando tú fuiste a mí encuentro. Pero eso ya es otra historia, ¿verdad?.
Aquella mañana, Veblen y su concepto de tecnocracia tomaron su justo lugar en mi pensamiento y quedaron arrumbados en algún lugar remoto (tan alejado, retirado e incierto, que aun hoy no los he podido encontrar de nuevo) sustituidos por tu recuerdo y tu última frase: “Vuelvo…Lo hemos dejado…”. Mientras, no podía quitarme de la cabeza a Coti cantando “Nada fue un error”.
Nada más por hoy. No más lata.
Tuyo siempre,
AM.

La fotografía que ilustra este artículo puede encontrarse en el siguiente enlace.



martes, 23 de diciembre de 2014

Cinética vital.

No nos damos cuenta, quizá porque siempre estamos apurados en hacer algo o en llegar a algún sitio, pero si nos fijáramos y mirásemos con atención a quien nos rodea, veríamos que  cada uno de nosotros tiene un ritmo propio, un tempo personal que lo acompaña a donde quiera que vaya. No tiene esto nada que ver con la rapidez con la que nos movemos, ni con la velocidad que imprimimos a lo que hacemos. Se trata más bien de una cinética vital, acaso adquirida por aprendizaje o puede que dada ya de forma irremediable por nacimiento, como el color de los ojos o el perfil de la nariz, que nos sigue a todas partes, como si metrónomo interior marcara el compás en nuestras vidas.
No hace mucho hablaba de esta idea con una amiga, profesora de música para más señas, y tras algunos “peros”, reparos, y matizaciones, no tardamos mucho en clasificar a amigos y conocidos según este peculiar criterio. Creo recordar que dedujimos que yo, meditabundo, pesimista y melancólico como soy, debería moverme al ritmo de un “adagio”, y estoy casi seguro que ella, vital, optimista e incombustible,  quedó sentenciada a hacerlo  según las pautas de un “allegro". Pronto encontramos también ejemplos cercanos de sufridos “larghettos”, de algún que otro desolado “grave”, e incluso de un superferolítico “andantino”.
La ventaja de esta "taxonomía músico-vital” tan peculiar es que es muy flexible y perfectamente modulable: si alguien no está satisfecho con la etiqueta que le asignan,  siempre puede matizarla con alguna coletilla de su gusto, al igual que en música hacen los compositores con sus movimientos. Así, quien no se sienta identificado con la optimista imagen de un “allegro” podría añadir aquello de: “ma non troppo”, y si nuestro espécimen destaca por lo mustio, mohíno y apesadumbrado de su carácter, bien podría unir a su clasificación de “larghetto” la postdata de “affettuoso”. De seguir este criterio, al final, podríamos encontrarnos en nuestras vidas con algún que otro “allegro molto e vivace, quasi presto”, a varios “allegrettos con moto”, quizá algún “adagio espessivo”, e incluso algún incorregible “presto con brio”.
Quizá, al final suceda que las características anímicas con la que las naturaleza nos dota tienen menos importancia de lo que creemos, y lo que opinan los demás de nosotros no tiene más valor que le que le queramos dar, las más de las veces excesivo. Porque, acaso, quienes realmente forjamos nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestro temperamento somos nosotros mismos, con nuestras actitudes, pensamientos, y acciones ante la vida. Como decía Irvin Berlin, casualmente un músico: “La vida es un diez por ciento como la hacemos y un noventa por ciento como la tomamos”.

La fotografía que ilustra este artículo se titula "Snow in New York" (1960), es obra de Robert Doisneau (1912 - 1994), y en ella se ve al chelista francés Maurice Baquet.(1911 - 2005). Obtenida en: https://www.tumblr.com/search/Maurice+BAquet