Querida A:
Sabes, y si no te lo digo ahora, que uno de mis mayores
defectos (y eso ya es mucho decir porque mis carencias, deficiencias y fallos
son muchos y variados) es que tengo buena memoria para las fechas. No puedo
evitar, y créeme que me gustaría hacerlo, recordar todo tipo de evento,
efeméride, o conmemoración, desde cumpleaños, onomásticas o aniversarios, hasta hechos
tan triviales como la fecha en que cambié la bombilla del plafón del cuarto de
baño por última vez. No quiere esto decir que no me olvide de citas
importantes, como la revisión trimestral con mi oculista, o que no pierda, y
afortunadamente vuelva a encontrar, las llaves de casa varias veces todas las
semanas. Lo que sucede es que, sin quererlo, fijo ciertos momentos en mi
memoria, el día, mes y año en que sucedieron, a veces como verás a continuación
también la hora, e inconscientemente empiezo a tejer una red de enlaces entre los
más recientes y los más viejos, aplicando eso que llaman nmemotecnia y que en mi
caso se asemeja más, a fuerza de acumular sucesos, a un castillo de naipes
hecho con hojas de calendario. A ti quizá esto te parezca interesante,
divertido, o incluso útil, pero créeme si te digo que no lo es, porque, lo que
tampoco sabes, es que esta capacidad de rememorar no es puntual, infalible y segura, y a veces olvido el aniversario de quien aprecio
y estimo, y otras no hago más que acordarme del día en que nació aquel que ni mi
desprecio se merece.
Traigo aquí esta divagación sobre mi capacidad memorística
porque hace pocas semanas se conmemoró el
aniversario de uno de nuestros rencuentros. (Que bien suena dicho así, ¿verdad?: “conmemorar”. Parece como si hubiera una ceremonia o un rito por medio, como si los fuegos artificiales estuvieran presentes en ese momento, o la música sonora en ese instante sólo para nosotros) Estoy casi seguro de que tú no te
acordarás, pero albergo aun alguna duda (no ya esperanzas, la verdad) de que sí
lo hagas, porque tal y como sucedió todo ambos tenemos motivos suficientes
para no olvidar aquella fecha, aun cuando la fortuna no hubiera querido juntarnos
de nuevo aquel día.
La verdad, no se por qué repámpanos mi coche no arrancó aquella
mañana de noviembre. Ni tan siquiera sé, puestos a hacer memoria, qué era lo
que me llevaba a utilizarlo para
ir de casa a la facultad, cuando podía hacer ese camino a pie en apenas
diez minutos si atajaba por el paseo marítimo. Que lo hicieras tú era lógico.
Desde que te fuiste a vivir fuera de nuestra ciudad, por una de esas decisiones
que ha de cambiarnos la vida, se supone que a mejor, hacías a diario decenas de
kilómetros para volver a trabajar al lugar de donde nunca te deberías haber
marchado, y en el que, sin saberlo, me dejaste solo una vez más. Porque,
reconócelo, hasta que empezaste a leer estas cartas (si es que algún día lo
llegas a hacer y te das por aludida) nunca has tenido verdadera conciencia de lo
importante que fuiste en mi vida, ni del desbarajuste que dejabas cada vez que te
apetecía entrar o salir de ella.
Como ya te imaginarás (¿o empiezas ya recodar?), aquella
mañana de hace ya diez años no me quedó más remedio que echarme a andar y cargar con mi viejo maletín de cuero marrón, a rebosar con los
papeles de mi tesis, una tesis que ya entonces empezaba a aborrecer y que al
final acabé por dejar plantada para dedicarme a otras cosas, sino de mayor
provecho intelectual, si al menos de mayor utilidad alimenticia. Quizá te apiadaste de
mí porque me viste especialmente apurado, tal vez mi aspecto fuera verdaderamente patético, o a lo mejor la fortuna trasteó para
que nos encontráramos de aquella peculiar manera, pero, en todo caso, te
ofreciste a llevarme. Así fue como un día par de un mes impar de un año par no te conformaste con saludarme
sin más, como en tantas otras ocasiones en las que coincidimos: unas veces en la
calle, otras en el supermercado, algunas tomando un café en local de costumbre,
las más de ellas tú siempre acompañada por quien entonces compartía tu vida. En
aquella ocasión detuviste tu coche, y por un momento también el ritmo frenético de tu vida, y me invitaste
a subir, aunque no a tu vida como yo hubiera querido.
Durante los escasos diez minutos que
tardamos en llegar hablamos de lo frío
que venía el otoño este año, de lo difícil que se había puesto la vida en esta
dichosa ciudad, o de la buena suerte que había tenido con que pasaras en el
mismo instante en que yo desistía de poner en marcha mi coche, o mi coche se
negaba a ser arrancado, que aún no se muy bien cómo fue. Todo ello transcurrió acompañado por la banda sonora que ponía tu radiocasete, en el que sonaban Andrés Calamaro, Chenoa,
y Coti, selección muy energética, por cierto, para cuando aun no habían dado las
nueve de la mañana.
Antes de dejarme, justo a tiempo de mi primera clase de la
mañana, y ya cuando nos habíamos despedido, me dijiste: “Vuelvo aquí, vuelvo a casa. C. y yo lo hemos
dejado...”. No tuvimos tiempo de más, el semáforo estaba ya en verde y yo
aun tenía que bajarme y arrear con todos mis bártulos. Volvimos a vernos quince días después, cuando tú fuiste a mí encuentro. Pero eso ya es otra historia, ¿verdad?.Aquella mañana, Veblen y su concepto de tecnocracia tomaron su justo lugar en mi pensamiento y quedaron arrumbados en algún lugar remoto (tan alejado, retirado e incierto, que aun hoy no los he podido encontrar de nuevo) sustituidos por tu recuerdo y tu última frase: “Vuelvo…Lo hemos dejado…”. Mientras, no podía quitarme de la cabeza a Coti cantando “Nada fue un error”.
Nada más por hoy. No más lata.
Tuyo siempre,
AM.
La fotografía que ilustra este artículo puede encontrarse en el siguiente enlace.
