martes, 11 de diciembre de 2012

Por sendas peligrosas.

El descenso a los Infiernos (al Inframundo, Tártaro, o Hades) es el viaje por antonomasia de todo héroe que se precie. El periplo seguirá previsiblemente la estructura clásica de “separación-iniciación-retorno”: tras la partida (voluntaria o forzosa, gozosa o traumática) el protagonista vivirá innumerables acontecimientos, experimentará sucesos inverosímiles, sufrirá angustiosas aventuras, para regresar ¡por fin! de su “tournée infernal” transformado en una persona mejor, más sabia y conocedora de si misma. Quizá, una vez en casa, sus enseñanzas no sean ni oídas ni creídas, pero eso dependerá ya de la intención moralizante de quien relate su gesta.
 Al igual que hicieran Orfeo, Eneas, o Dante, a veces las personas descienden a su personal Averno para explorar aspectos del alma desconocidos hasta el momento para ellas mismas. En ocasiones lo harán motivadas por cuestiones nobles y bellas (como las tres mencionadas anteriormente) pero en otras peregrinarán impelidas por los vientos de la frivolidad y la autodestrucción. Ese fue el caso de Teseo y Piritoo, quienes no tuvieron mejor idea que bajar al reino de los muertos para llevarse a Perséfone. La aventura hubiera resultado desastrosa de no ser por Hércules, quien rescato “in extremis” a Teseo de quedar empadronado allí para siempre (por Piritoo es mejor no preguntar…)
 Sea porque se tenga la fortuna de contar con un Hércules “de guardia" cerca, o bien porque se haya tejido un particular “hilo de Ariadna”, quien ha regresado de este singular peregrinaje (acaso sólo para asomarse a las puertas del Inframundo) suele dar gracias por haber salido de tamaño brete y poder contarlo a quién lo quiera oír (“Todo es cierto, nada es exacto”, que dijo alguien alguna vez.) La mayor de las veces el protagonista no será un héroe, pero seguro que sí regresará cambiado de su peculiar paseo. Eso sí, deberá tener siempre presente que hay que esperar hasta el final del camino para poder darse por victorioso. Recordemos si no lo que le sucedió a Orfeo por ser tener excesiva prisa.