El descenso a los Infiernos (al Inframundo, Tártaro, o
Hades) es el viaje por antonomasia de todo héroe que se precie. El periplo
seguirá previsiblemente la estructura clásica de
“separación-iniciación-retorno”: tras la partida (voluntaria o forzosa, gozosa
o traumática) el protagonista vivirá innumerables acontecimientos,
experimentará sucesos inverosímiles, sufrirá angustiosas aventuras, para
regresar ¡por fin! de su “tournée infernal” transformado en una persona mejor,
más sabia y conocedora de si misma. Quizá, una vez en casa, sus enseñanzas no
sean ni oídas ni creídas, pero eso dependerá ya de la intención moralizante de
quien relate su gesta.
Al igual que hicieran
Orfeo, Eneas, o Dante, a veces las personas descienden a su personal Averno
para explorar aspectos del alma desconocidos hasta el momento para ellas
mismas. En ocasiones lo harán motivadas por cuestiones nobles y bellas (como
las tres mencionadas anteriormente) pero en otras peregrinarán impelidas por
los vientos de la frivolidad y la autodestrucción. Ese fue el caso de Teseo y
Piritoo, quienes no tuvieron mejor idea que bajar al reino de los muertos para
llevarse a Perséfone. La aventura hubiera resultado desastrosa de no ser por
Hércules, quien rescato “in extremis” a Teseo de quedar empadronado allí para
siempre (por Piritoo es mejor no preguntar…)
Sea porque se tenga
la fortuna de contar con un Hércules “de guardia" cerca, o bien porque se
haya tejido un particular “hilo de Ariadna”, quien ha regresado de este
singular peregrinaje (acaso sólo para asomarse a las puertas del Inframundo)
suele dar gracias por haber salido de tamaño brete y poder contarlo a quién lo
quiera oír (“Todo es cierto, nada es exacto”, que dijo alguien alguna vez.) La
mayor de las veces el protagonista no será un héroe, pero seguro que sí
regresará cambiado de su peculiar paseo. Eso sí, deberá tener siempre presente
que hay que esperar hasta el final del camino para poder darse por victorioso.
Recordemos si no lo que le sucedió a Orfeo por ser tener excesiva prisa.
