domingo, 7 de septiembre de 2014

Cartas a Audrey (I)

Querida Audrey:
Antes de nada he de pedirte disculpas por no encabezar esta carta con tu verdadero nombre. O quizá debería decir con tus verdaderos nombres. Pero es que para mí no eres una,  sino varias, que cambian  en función del momento, de la ocasión, de la circunstancia a la que el recuerdo me lleve. Entiéndeme bien, por favor, para mi nunca ha habido nadie más que tú, siempre has sido solamente tú, pero es que, reconócelo, te gusta jugar con la forma que adopta tu esencia, como si fueras el hada Morgana, y a veces me confundes sin quererlo. Por eso, para escribirte esta carta, he escogido un nombre genérico que evocara algo especial en mí, aunque no quizá para alguna de tus encarnaciones. Así me resultará más sencillo  mantener el hilo de mis divagaciones, y al tiempo, mantener el anonimato que siempre  has demandado cuando te paseaste por mi vida.
Has de perdonarme también por rememorar hechos que pasaron hace ya mucho tiempo y que quizá tú ya tengas olvidados, y por inventarme otros (no sé cuáles si te soy sincero) para poder llenar los huecos de una historia en la que se mezcla lo real con lo imaginario, lo sucedido con lo deseado, lo posible con lo imposible.  Pero necesito hacerlo (¿recordar?, ¿inventar?) para poder entender una historia que hasta ahora no ha dado de si más que suficiente. A fin de cuentas, a ti quizá no te importe demasiado todo esto porque, si llegaras a leer esta carta, puede que ni siquiera recuerdes quién soy.
Hablando de recordar, ¿te acuerdas cómo nos conocimos? Bueno, más bien debería decir cómo te conocí yo a ti. Fue en la facultad, un día de invierno, en una de esas interminables mañanas del primer cuatrimestre. Recuerdo que entraste en el aula, una de esas típicas aulas en grada, en un cambio de clase, y yo estaba en un escaño (¿se les llama así?) de la tercera o cuarta fila (aun mi miopía no había hecho los estragos que luego casi me obligan a dejar  la carrera). Te vi cruzar de izquierda a derecha, en diagonal, entre la tarima desde donde el profesor de derecho Mercantil tronaba sobre la ley Hipotecaria y una primera fila desierta, reconvertida casi en burladero. Recuerdo perfectamente que llevabas una cazadora de ante marrón y un pequeño bolso o mochila (o como diantre de le llame a ese adminículo al que las mujeres le dais todo uso) al hombro. Te sentaste en la fila inmediatamente anterior a la mía, uno o dos asientos a mi derecha. Fue entonces cuando te pude ver bien: el color de tus ojos, de tu pelo, la expresión de tu cara. Y fue en ese momento cuando me pareciste una pija insoportable. Una fatua, engreída, e intratable chica, más preocupada por si misma que por lo que la traía a la universidad   Evidentemente estaba equivocado, pero la forma en que salí de mi error es otra historia que quizá algún día te cuente, si es que te interesa y tienes paciencia para escucharla.
Nada más por hoy. No más lata.
Tuyo siempre,
AM.
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