sábado, 8 de febrero de 2020

Me dijiste que nos veríamos en septiembre.


Nos encontramos antes de entrar a un examen de Mercantil, a principios de julio. Me dijiste que nos veríamos en septiembre. No, no tenías pensado mudarte de ciudad. Te habías acostumbrado a vivir lejos del mar y a resfriarte cuatro veces al año, me contaste entre risas. Si te pregunté por tus planes es porque quería tenerte cerca otra vez. No quería que se perdiera esa complicidad que surgió entre apuntes, cafés y paseos hasta última hora de la noche. Esperaba poder reunir ese verano el valor necesario para confesarte lo que sentía por ti. Quería decirte que me creía correspondido, y que si no era así no pasaba nada, era lógico que no te gustará, que no te agradara alguien como yo, pero que, por favor, por nada del mundo, dejaras de sentarte a mí lado en las clases de Mercantil, Contabilidad o Microeconomía y de embriagarme con tu perfume. Eso sucedió hace más de veinte años y nunca más supe de ti. No hasta este fin de semana.
Aquellos eran tiempos bárbaros, sin correo electrónico, redes sociales o teléfonos móviles. Días en los que teníamos que hacer cola para poder llamar desde una cabina y en los que para quedar teníamos que planearlo con anticipación. Te ofrecí mi número por si te hacía falta algo durante el verano. Era una mentira piadosa. El último cabo que me unía a ti si todo fallaba. Lo apuntaste en el libro que llevabas entre las manos y prometiste que me llamarías en agosto. Lo prometiste. En agosto. Lo recuerdo perfectamente.
Nunca me han gustado las reuniones de antiguos alumnos. Me parecen melancólicas. Un reflejo de lo que queríamos haber sido y ya nunca seremos. No me costó encontrarte allí. Te reconocí al instante. Creo que lo hubiera hecho en medio de una multitud. Así de profunda es la huella que dejaste en mí. No quería pedirte explicaciones. Ya no tenía sentido. Por amigos que tienen amigos que te conocen a ti sabía que te habías casado, que tenías dos hijos, que trabajas en “La Confianza”. Me bastaba con verte una vez más. Solo una. Apenas tuve tiempo de saludarte, de levantar la mano, cuando me dijiste: “Perdí aquel libro. Perdóname. Yo quería llamarte. Hace tiempo que necesitaba decirte que…”

lunes, 3 de febrero de 2020

Los reencuentros son siempre inesperados.


Los reencuentros son siempre inesperados porque nada que se ha deshecho se une de nuevo espontáneamente, a veces agradables si ya hemos olvidado la razón de la separación, pero nunca innocuos cuando evocan sentimientos que ya creíamos superados. No debes de opinar tú igual pues no me habrías abordado hace unos días, después de años de mutua indiferencia, para ponerme al día de tu vida. Ahora sé que estás casada, felizmente te empeñaste en apostillar, con aquel amigo de la infancia que tanto te desagradaba cuando estábamos juntos y que finalmente se reveló como buen esposo y mejor padre de vuestros dos hijos. Sé también que trabajas en una importante multinacional y que tu puesto te obliga a viajar con frecuencia, de lo cual me alegro porque, al menos, has superado ya tu miedo a volar, el mismo que nos impidió conocer predios más allá del nuestro. Sin apenas dejarme responder a tus preguntas te despediste de mí. Tenías prisa, dijiste. Apenas acerté a responderte que no, que no me había vuelto a casar, que sí, sí seguía solo, y que aun vegetaba en mi trabajo en “La Confianza” donde me metió tu difunto padre. Fue mejor así. No hubiera podido seguir mintiéndote mucho más. No hubiera podido ocultarte que en realidad estaba, ahora sí, felizmente casado y era padre de una preciosa criatura de 4 años que cada día, afortunadamente, se parecía más a su madre, y que había dejado aquel puesto de consolación en la empresa que fundó tu abuelo para abrir una librería que daba lo justo para vivir justamente, pero que al menos me dejaba vivir mi sueño. No te dije la verdad porque para mi no eres más que un fantasma y con los espectros no debe hablarse. No sea que se crean que siguen con vida.