Nos encontramos antes de entrar a un
examen de Mercantil, a principios de julio. Me dijiste que nos veríamos en
septiembre. No, no tenías pensado mudarte de ciudad. Te habías acostumbrado a
vivir lejos del mar y a resfriarte cuatro veces al año, me contaste entre
risas. Si te pregunté por tus planes es porque quería tenerte cerca otra vez.
No quería que se perdiera esa complicidad que surgió entre apuntes, cafés y
paseos hasta última hora de la noche. Esperaba poder reunir ese verano el valor
necesario para confesarte lo que sentía por ti. Quería decirte que me creía
correspondido, y que si no era así no pasaba nada, era lógico que no te
gustará, que no te agradara alguien como yo, pero que, por favor, por nada del
mundo, dejaras de sentarte a mí lado en las clases de Mercantil, Contabilidad o
Microeconomía y de embriagarme con tu perfume. Eso sucedió hace más de veinte
años y nunca más supe de ti. No hasta este fin de semana.
Aquellos eran tiempos bárbaros, sin
correo electrónico, redes sociales o teléfonos móviles. Días en los que
teníamos que hacer cola para poder llamar desde una cabina y en los que para
quedar teníamos que planearlo con anticipación. Te ofrecí mi número por si te
hacía falta algo durante el verano. Era una mentira piadosa. El último cabo que
me unía a ti si todo fallaba. Lo apuntaste en el libro que llevabas entre las
manos y prometiste que me llamarías en agosto. Lo prometiste. En agosto. Lo
recuerdo perfectamente.
Nunca me han gustado las reuniones de
antiguos alumnos. Me parecen melancólicas. Un reflejo de lo que queríamos haber
sido y ya nunca seremos. No me costó encontrarte allí. Te reconocí al instante.
Creo que lo hubiera hecho en medio de una multitud. Así de profunda es la
huella que dejaste en mí. No quería pedirte explicaciones. Ya no tenía sentido.
Por amigos que tienen amigos que te conocen a ti sabía que te habías casado,
que tenías dos hijos, que trabajas en “La Confianza”. Me bastaba con verte una
vez más. Solo una. Apenas tuve tiempo de saludarte, de levantar la mano, cuando
me dijiste: “Perdí aquel libro. Perdóname. Yo quería llamarte. Hace tiempo que
necesitaba decirte que…”
