lunes, 20 de julio de 2015

Historias posibles (I)

Alguien dijo una vez que de los cobardes nunca se ha escrito nada. No le faltaba razón. Los cobardes conocen los intríngulis de la Historia de forma casi connatural, y saben de forma innata que donde unos dejan su nombre para la posteridad otros, sencillamente,  sobreviven con discreción.
Hay ocasiones en que los cobardes huyen cuando ven la magnitud del peligro que tienen ante si. En estos casos, son ellos los que dan fe de las gestas de los héroes muertos. Nadie habría sabido nunca de la heroica muerte de Spurius Cantor Gallus en la batalla de Lugdunum (197 d. C.)  si no fuera por su esclavo Ignavum, quien escapó en un carro, oculto dentro de un odre de agua junto con decenas de despojos humanos y animales tras el primer día de combate. Dion Casio escuchó su relato tiempo después, cuando ya estaba en su retiro de Bitinia, y  gracias a ello pudo incluirlo en su famosa Historia de Roma.
En otras ocasiones, los cobardes no llegan a dar la cara y optan por  poner pies en polvorosa antes incluso de que se presente el peligro. En 1955, el conde Bruno Pinailleur retó a duelo a su amigo Bernard Trouillard tras sorprenderlo en las cocheras de su mansión de Compiègne  en actitud más que cariñosa con su hija Virginie. De nada sirvieron los ruegos de la  niña, que apenas superaba los 20 años,  ni los llantos de la madre de ésta, Corinna, ni las súplicas del amigo de ambos el doctor Toubib. El duelo a pistola habría de celebrarse al día siguiente, en el fondo de una piscina vacía ubicada en el “chateau” de uno de los padrinos de Pinailleur, idea muy civilizada ésta, por cierto, pues así se evitaban tanto las miradas indiscretas de los vecinos como cualquier tipo de destrozo o salpicadura que los duelistas pudieran provocar. Bernard nunca llego a presentarse y por ello fue tachado de “lâche”, es decir, cobarde. El conde juro venganza; si no podía eliminar físicamente a Trouillard, al menos lo haría socialmente, haciendo que para él se cerraran las puertas de la sociedad parisina así como toda posibilidad de ejercer su profesión de abogado  Poco habría de importarle esto al pobre desdichado. Arruinado  como estaba a sus 35 años, después de erogar su herencia en una inversión piramidal en valores postales, y huérfano de padre y madre desde los 25, nada tenía que perder, por lo que decidió empezar una nueva vida en Estados Unidos, a donde arribó en enero de 1956 con un billete de tercera en un barco procedente de Lisboa. Allí llegó a ser copropietario, junto con un judío de origen polaco,  de una empresa de fontanería en Hempstead (Nueva York), con la que hizo fortuna en la construcción y renovación de los numerosos aljibes de madera que se emplean para almacenar el agua potable en lo alto de los edificios. En 1960, tras el fallecimiento de Bruno Pinailleur a los 60 años en accidente de tráfico en Casablanca, al estrellarse el Bugatti que pilotaba en el circuito de Anfa, Trouillard pensó que su amada Virginie correría a reunirse con él, libre ya de todo impedimento. Pero Virgiene ya no era la misma (si es que alguna vez fue como el bueno de Bernard pensaba) y tuvo a menos dejar los brazos de un estirado subsecretario del gobierno de Michel Debre por un fontanero, que por si fuera poco,  era un cobarde. Bernard se casó en 1965 con María, la hija de unos exilados republicanos españoles, profesores de la universidad de Rochester, veinte años más joven que él, y la única que logro poner freno y sosiego a un corazón tan dado al alboroto como el de Bermard.
Fue la nieta de Bernard y María, que en un maravilloso acto de simbiosis cultural se llama Charmion, quien contó no hace mucho esta historia en uno de sus frecuentes viajes a España, más en concreto, en una tórrida tarde de verano, durante un descanso del XXV Congreso Hispano-Americano de Literatura Moderna. 
Si no fuera por su nieta Charmion, la historia de Bernard Trouillard hubiera quedado relegada al entorno familiar y nadie hubiera sabido de las peripecias de su abuelo. Al final, de los cobardes puede que nada se escriba, pero no por ello sus vidas están exentas de hechos maravillosos o sucesos felices, sin los que el mundo no sería igual. Prueba de ello es Charmion. Pero eso es ya materia para otro post.

lunes, 6 de julio de 2015

Cartas a Audrey (III)

Querida A:
Hay una historia muy vieja que cuenta como un explorador recién desembarcado en una remota región de África se topa con una tribu de aborígenes. Asustado, pues le habían advertido de que por allí los nativos hacían canoas con la piel del hombre blanco, no tuvo mejor ocurrencia que sacar un cuchillo y apuñalarse al tiempo que decía: “¡Os fastidiáis! ¡Ahora os pincho la canoa!” Pues bien, así es como podría resumir yo mi relación contigo: llena de preocupaciones, miedos, inquietudes y angustias, y aun así no hago sino buscarte incansablemente.
Otro chiste importante que explica nuestra relación es aquel que cuento siempre que algún impertinente me pregunta por el motivo de mi aparente soledad: “¡Quien quiera algo de mí, que me venga a buscarme a casa!”, digo a modo de justificación; “Eso nunca funciona”, me replican; “Si, por supuesto que funciona. Nunca viene nadie”. Esa es la historia clave en mi vida adulta, la que explica mi relación con las mujeres, y más en particular contigo.
Te cuento esto porque estoy empezando a preocuparme. No soy viejo aun, lo sabes, pero pronto pasare de ser un treintañero prometedor a ser un frustrado cuarentón. Precisamente por eso creo que va siendo hora de que nos pongamos de acuerdo tú y yo y decidamos coincidir de alguna manera, a poder ser en tiempo y lugar, para hablar de nuestras cosas, y ver de este modo si llegamos a un acuerdo mutuamente satisfactorio. Disculpa que te hable en términos tan pedestres, pero es que quizá esa sea la única manera de lograr algo sustancioso para ambos, habida cuenta que lo espiritual no me ha funcionado, digamos, excesivamente bien hasta ahora, y tú no haces otra cosa que mostrarte especialmente esquiva y voluble conmigo.
¿Crees que exagero? Te cuento lo que me pasó hace unas semanas para que tú misma juzgues. Un sábado por la tarde salí a buscar una película al videoclub. No te sorprendas, no sólo de clásicos vive el cinéfilo. A veces es preciso embaularse un par de películas españolas o algún éxito de Adam Sandler o Ben Stiller para soportar después, sin graves consecuencias, los horripilantes efectos secundarios que tiene el cine de Ingmar Bergman o Kieślowski.
El caso es que ese día te encontré de nuevo, y te reconocí de inmediato, como siempre. Creo que sería capaz de hacerlo en medio de una multitud, pese a mí notable miopía, a mi congénito despiste, y a mi mala memoria para las caras. Y es que, para ser sincero, nunca he prestado atención a la apariencia que caprichosamente adoptas cada vez que te dignas a aparecer en mi vida. No es que me fije en tu cuerpo, no me mal interpretes, sino que lo primero que percibo de ti es tu esencia, y es lógico que sea así, con lo dada que tú eres a cambiar de aspecto.
Ese día tú caminabas por la otra acera, en sentido contrario al mío, tan elegante, etérea, y arrogante como siempre, y no pude resistir la tentación de seguirte. Cruce la calle, y comencé a caminar tras de ti a una distancia prudencial. Vi como te detenías ante los escaparates de Oysho, Sephora, Mascaró, y Devernois (mientras que a mí me tocó hacerlo, retrasado como iba, ante un banco, un quiosco de chucherías, una copistería y un bingo) y como pasabas de largo, sin inmutarte, ante una pastelería, dos librerías, una ortopedia, y el escaparate de Pronovias. Atendiste también, sonriente, irradiando felicidad (vi tu cara reflejada en un escaparate) una llamada de móvil, al tiempo que tu mano izquierda jugueteaba con el pendiente de clip de tu oreja derecha. Acariciaste el perro de un púber imberbe mientras esperabas a que el semáforo se pusiera en verde para cruzar. Recogiste una botella de agua vacía de la acera y la dejaste en la papelera que estaba al lado. Te ajustaste la sandalia derecha que se te escapaba el talón, sin apoyarte en nada, manteniendo el equilibrio en lo que me pareció una maniobra circense, aparejada como ibas con un bolso gigantesco y varias bolsas de Zara. A punto estuviste de descubrir mi seguimiento en un par de ocasiones, de lo que me salvó “in extremis” un generoso contenedor de vidrio la primera ocasión y una providencial marquesina de bus la segunda.
Mientras te seguía (¿o más bien debería decir “perseguía”?) pensaba en lo inútil que era esta actividad. Me sentía igual que cuando hago bici estática en el gimnasio. Mucho pedaleo, mucho esfuerzo,  para al finar acabar en el mismo sitio donde empecé, pese a que la pantallita diga que he recorrido quince quilómetros. En algún momento mi acecho acabaría, y yo sólo estaría centenares de metros más alejado del videoclub que cuando salí de casa, mientras que tú estarías precisamente allí donde querías estar. Sin embargo, en ese momento no podía evitar sentirme emocionado, ilusionado, incluso esperanzado, por más que me repitiera que no había motivo alguno para ello.
Estaba ensimismado en estos pensamientos cuando los acontecimientos se precipitaron. De repente, levantaste la mano a modo de saludo (no te vi la cara, pero estoy seguro de que también sonreíste), aceleraste el paso, y te precipitaste en brazos de quien te esperaba a las puertas de ese hotelito tan mono que estaba a la vuelta de la esquina. Él te recibió con idéntico júbilo, con ademanes un tanto (déjame que sea malo, por favor) afectados diría yo. Tras unas breves palabras, los dos os embarcasteis en el taxi que ya os esperaba a pie de calle.
Apreté el paso, y acerté a pasar junto a ti en el mismo instante en el que vuestro coche arrancaba. En ese momento, por un instante, nuestras miradas se cruzaron, y me pareció percibir una leve sonrisa en ti, un leve gesto en la comisura de los labios, acaso señal de que me habías reconocido. Sin duda, no podía ser, era imposible que así fuera, pero te juro que aun hoy, cuando lo recuerdo, tengo dudas.
Esa tarde renuncié a ver cualquier película. La realidad no había superado a la ficción esta vez, pero yo ya tenía material para fantasear durante algún tiempo, ya tenía combustible con el que seguir alimentando mi ilusión por ti, y lo que es más importante: tenía una historia que poder contarte en esta carta. Me bastaba con recordar ese instante en que nuestras miradas se encontraron y me sonreíste.
Nada más por hoy. No más lata.
Tuyo siempre,
AM.


miércoles, 1 de julio de 2015

Vivo, pese a todo.


Llevo semanas intentado escribir algo, un relato, una historia, pero no me sale. No me sale  por una única y sencilla razón: no sé contar historias. ¡Hace tanto que no vivo una historia! La última creo recordar que fue con seis años, cuando Carolina me dio un beso en el recreo del parvulario. Desde entonces he vivido en permanente estado de película. Porque, lo confieso: veo demasiado cine. Por eso, no sólo me identifico con lo que veo y escucho en la pantalla, sino que al final también entiendo mi vida como un filme en el que a una escena le ha de suceder otra, no sé si mejor, pero si conducente siempre a un final feliz, como si todo esto estuviera dirigido por Frank Capra.
He vivido aventuras imposibles de creer, de la mano de Bruce Willis, Steve McQueen, o Alfred Hitchcock, he estado en lugares que jamás pisaré gracias a la 20th Century Fox,  a la MGM, o a la Warner Bros., y me he enamorado perdidamente de Audrey Hepburn, Ingrid Bergman y Scarlett Johansson. Mientras todo esto sucedía, mi vida, mi vida real, mi verdadera vida, seguía su curso, con contumaz decisión, hacía dónde sólo un mal director de serie B se le podría ocurrir llevarla.  
Porque, ¿sabe vs. amigo lector qué sucede? Que me he olvidado de vivir. No es nada grave, raro, o anormal. Les pasa a muchas personas: médicos, enfoscadotes, maestros, e incluso a los curas. Tan preocupados estamos en prepararnos para esa vida deseada, tan perfecta y bien planeada ella, que no nos damos cuenta de que el tiempo que pasamos en la cola esperando, es en realidad aquello por lo que tanto nos estamos peleando.
Por eso no sé contar historias. Porque no tengo historias que contar. En cambio, John Ford, Howard Hawks, o Ernst Lubitsch, amaron la vida antes que el cine. Ese ha sido mi error: amar el cine (y la ópera, y la literatura, y la poesía) antes que la vida. Para mí, la vida está muchas veces en los noventa minutos que me paso ante una pantalla, en las dos horas que estoy leyendo una novela, o en el rato que dedico a escuchar un fragmento de ópera. Después, cuando salgo a la calle, ¿quién me puede negarme que soy Cary Grant, transmutado en Peter Joshua, un hombre elegante y de mundo, el único capaz de enamorar a Audrey Hepburn, mudada en Regina Lampert para la ocasión?, o ¿quién se va a atrever a decirme que no puedo ser Alfredo Germont, el pigmalión que logra redimir con amor a una descarriada Violetta Valery? El problema es que, parafraseando a Woody Allen: soy ya “demasiado mayor, demasiado miope, y demasiado bajito, y además me estoy quedando calvo” como para ilusionar a alguien que no sea yo mismo.
Así pues, si mi vida es tan simple, inane, y sin esperanza alguna de remisión, y si por tanto no tengo historias que contar, y a nadie puedo epatar con mis relatos, lo normal sería que procediera a mi “suicidio cibernético” y cerrada de inmediato este magro blog que administro. Pero, no se emocione amigo lector, eso no va a suceder. Porque, sigo vivo pese a todo, y el deseo de contar algo, por nimio que sea, es una tabla de salvación, el pecio emocional de una mala película de piratas, al que aun no he renunciado.

La fotografía que ilustra este post pertenece a la película "Alarma: catástrofe" ("The Medusa Touch", Jack Gold, 1978). Puede encontrase en el siguiente sitio web.
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