Alguien dijo una vez que de los cobardes nunca se ha escrito
nada. No le faltaba razón. Los cobardes conocen los intríngulis de
Hay ocasiones en que los cobardes huyen cuando ven la
magnitud del peligro que tienen ante si. En estos casos, son ellos los que dan
fe de las gestas de los héroes muertos. Nadie habría sabido nunca de la heroica
muerte de Spurius Cantor Gallus en la batalla de Lugdunum (197 d. C.) si no fuera por su esclavo Ignavum, quien
escapó en un carro, oculto dentro de un odre de agua junto con decenas de
despojos humanos y animales tras el primer día de combate. Dion Casio escuchó
su relato tiempo después, cuando ya estaba en su retiro de Bitinia, y gracias a ello pudo incluirlo en su famosa
Historia de Roma.
En otras ocasiones, los cobardes no llegan a dar la cara y
optan por poner pies en polvorosa antes
incluso de que se presente el peligro. En 1955, el conde Bruno Pinailleur retó
a duelo a su amigo Bernard Trouillard tras sorprenderlo en las cocheras de su
mansión de Compiègne en actitud más que cariñosa
con su hija Virginie. De nada sirvieron los ruegos de la niña, que apenas superaba los 20 años, ni los llantos de la madre de ésta, Corinna,
ni las súplicas del amigo de ambos el doctor Toubib. El duelo a pistola habría
de celebrarse al día siguiente, en el fondo de una piscina vacía ubicada en el
“chateau” de uno de los padrinos de Pinailleur, idea muy civilizada ésta, por
cierto, pues así se evitaban tanto las miradas indiscretas de los vecinos como
cualquier tipo de destrozo o salpicadura que los duelistas pudieran provocar. Bernard
nunca llego a presentarse y por ello fue tachado de “lâche”, es decir, cobarde.
El conde juro venganza; si no podía eliminar físicamente a Trouillard, al menos
lo haría socialmente, haciendo que para él se cerraran las puertas de la
sociedad parisina así como toda posibilidad de ejercer su profesión de abogado Poco habría de importarle esto al pobre
desdichado. Arruinado como estaba a sus
35 años, después de erogar su herencia en una inversión piramidal en valores
postales, y huérfano de padre y madre desde los 25, nada tenía que perder, por
lo que decidió empezar una nueva vida en Estados Unidos, a donde arribó en
enero de 1956 con un billete de tercera en un barco procedente de Lisboa. Allí llegó
a ser copropietario, junto con un judío de origen polaco, de una empresa de fontanería en Hempstead (Nueva
York), con la que hizo fortuna en la construcción y renovación de los numerosos
aljibes de madera que se emplean para almacenar el agua potable en lo alto de
los edificios. En 1960, tras el fallecimiento de Bruno Pinailleur a los 60 años
en accidente de tráfico en Casablanca, al estrellarse el Bugatti que pilotaba
en el circuito de Anfa, Trouillard pensó que su amada Virginie correría a
reunirse con él, libre ya de todo impedimento. Pero Virgiene ya no era la misma
(si es que alguna vez fue como el bueno de Bernard pensaba) y tuvo a menos
dejar los brazos de un estirado subsecretario del gobierno de Michel Debre por un
fontanero, que por si fuera poco, era un
cobarde. Bernard se casó en 1965 con María, la hija de unos exilados republicanos españoles, profesores de la universidad de Rochester, veinte años
más joven que él, y la única que logro poner freno y sosiego a un corazón tan
dado al alboroto como el de Bermard.
Fue la nieta de Bernard y María, que en un maravilloso acto
de simbiosis cultural se llama Charmion, quien contó no hace mucho esta
historia en uno de sus frecuentes viajes a España, más en concreto, en una
tórrida tarde de verano, durante un descanso del XXV Congreso Hispano-Americano
de Literatura Moderna.
Si no fuera por su nieta Charmion, la historia de Bernard
Trouillard hubiera quedado relegada al entorno familiar y nadie hubiera sabido
de las peripecias de su abuelo. Al final, de los cobardes puede que nada se
escriba, pero no por ello sus vidas están exentas de hechos maravillosos o sucesos
felices, sin los que el mundo no sería igual. Prueba de ello es Charmion. Pero
eso es ya materia para otro post.

