lunes, 12 de octubre de 2015

Cine para un presidente.



Hace unos días la web Punto de Vista Económico publicaba un breve post en el que se preguntaba sobre los libros que debería leer un candidato a presidente de gobierno. Esta reflexión pretendía matizar la respuesta que a la misma pregunta habían dado ciertas personalidades de la vida pública argentina, tras haberles planteado el diario La Nación la misma cuestión con motivo de las próximas elecciones presidenciales del 25 de octubre. Creían, acertadamente, los editores de Punto de Vista que los libros escogidos en materia económica estaban demasiado escorados al babor ideológico, excesivamente sesgados a las corrientes de pensamiento de izquierda, y para compensar esta parcialidad proponían la lectura de autores clásicos de corte liberal como Hayek, Popper, o von Mises. El rumbo bibliográfico de la nave presidencial quedaba así corregido, y con él, el honor de las partes en litigio salvado, a mayor gloria de la sociedad argentina.
No obstante, disquisiciones ideológico-literarias al margen, me quedaba un sabor agridulce tras haber leído ese artículo. Las elecciones generales se aproximan también en España y, sinceramente, me costaba imaginarse a un diario español preguntándose sobre cuál ha de ser la política de lecturas del próximo presidente de gobierno. En España, más bien deberíamos preocuparnos de si los representantes de nuestros poderes legislativo y ejecutivo saben leer y escribir con corrección, con un mínimo de aseo ortográfico y semántico, sin tratar al diccionario y a la gramática con la misma displicencia con la manejan la cosa pública. De ilusos ya sería esperar que aparecieran hombres como José Carlos Mauricio o Luis Mardones, que articulaban magníficos discursos aparentemente sin apuntes ni preparación previa, si acaso sólo con la ayuda de un pequeño guion, ni como Leopoldo Calvo-Sotelo, quien destacaba por calidad literaria y la fina ironía galaica (expresión que en si misma encierrra una tautología) que imprimía a todas sus intervenciones. Pedirle peras al olmo ya sería preguntar a alguno de nuestros prohombres, padres y próceres de la patria, por los volúmenes que pueblan sus bibliotecas y esperar una respuesta mínimamente decorosa. Si Calvo-Sotelo estaba preocupado por tener que alejarse en su asilo monclovita de los libros que dejaba en su casa de Somosaguas, y Manuel Fraga temía perder las notas con las que “papeleteaba” (sic) todo lo que leía, hoy tendríamos que ver como unos se lamentaban por no poder dedicarle tiempo a lo último de Ruíz Zafón, y otros por no poder robarle horas al sueño para disfrutar de “La chica del tren” de Paula Hawkins. Para animar este hipotético y desolador panorama, siempre nos quedaría algún pedante insufrible como Ruíz Gallardón, quien dice matar el tiempo leyendo partituras. 
La secuencia natural de este post debería llevarme a incluir a continuación una prolija, subjetiva y pretenciosa lista de libros y autores, en la que habría de enumerarse no menos de una docena de títulos y su ulterior justificación. Lamentándolo mucho, no va a ser así. No es que me falte valor para acometer tamaña tarea (ya sabemos que la ignorancia no tiene límites) pero prefiero conducir mi ansia redentoras hacía predios más verdes, dónde, si bien mí grado de desconocimiento también es supino, la matería a tratar yace entre pastos más jugosos a mi paladar . Con esto me refiero, evidentemente, al cine.
¿Qué películas debería haber visto el próximo presidente del gobierno de España antes de asentarse en la Moncloa? A esta pregunta que me planté al poco de leer el artículo reseñado al inicio pretendo responder de forma sucinta y sumaria a continuación. En la relación que sigue no están, obviamente, todas las películas necesarias para la formación de nuestro próximo líder político, y acaso tampoco son necesarias todas las que están. A  fin de cuentas, esto no es más que un divertimento para quién esto escribe, algo que  no me tomo en serio más allá de lo estrictamente necesario (es lo que sucede cuando no se es argentino) para enumerar una serie de películas con la disculpa de su temática política. Es, en definitiva, un mero ejercicio de pedantaria cinematográfica.
La relación que sigue se podría realizar atendiendo a diversos criterios, como el género, la temática, el director, o la nacionalidad (por citar sólo algunos), pero se ha recurrido al expeditivo método de hacerlo cronológicamente. He aquí el resultado:
  • Caballero sin espada (Mr. Smith Goes to Washington, Frank Capra, 1939): film imprescindible para quien quiera dedicarse a la política. Todo un alegato a favor del cumplimiento de la ley, de la ética en el desempeño de la función pública y de la lucha contra la corrupción. 
  • Ninotchka (Ernst Lubitsch, 1939): una delicada crítica al totalitarismo ideológico que supuso el comunismo. Los camaradas Iranoff, Buljanoff y Kopalski son enviados a París por la Unión Soviética con el frin de obtener dinero para su gobierno. Los tres se instalan en un hotel de lujo s la espera de acontecimientos, entregándose a las ventajas y placeres del capitalismo. Ninotchka (Greta Garbo) es quien debe rescatarlos de las garras de la decadencia
  • Que bello es vivir (“It's a Wonderful Life”, Frank Kapra, 1946): más allá del carácter melindroso de esta película, asociada inevitablemente a la Navidad, en ella se ven dos concepciones contrapuestas de empresario, George Bailey (James Stewart) y Mr. Potter (Lionel Barrymore), bondadoso y cándido hasta el punto de ser mediocre el uno; egoísta y sin escrúpulos hasta la maldad más adyecta el otro. En el punto medio deberíamos hallar el equilibrio. 
  • El hombre tranquilo (“The Quiet Man”, John Ford, 1952): Sean Thornton (John Wayne), un boxeador norteamericano, regresa a la Irlanda de sus antepasados para comprarse una casita, casarse, y vivir tranquilo; es decir, para hacer todo lo que cualquiera de nosotros, “mutatis mutandis”, desearía hacer si el gobierno nos dejara. Inisfree, su destino,   es una isla utópica, un sitio encantado, fuera de todo tiempo y lugar, donde todo es posible (hasta el entendimiento entre un sacerdote católico y un reverendo anglicano) y donde el paraíso liberal parace haberse hecho realidad, por fin, en la Tierra.
  • Los apuros de un pequeño tren (“The Titfield Thunderbolt”, Charles Crichton, 1953): una deliciosa película de los estudios británicos Ealing, muy recomendable para comprender, sin casi darse cuenta,  los intríngulis de los monopolios, las concesiones administrativas, y demás formas de intervencionismo en los mercados.
  • El último hurra (“The Last Hurrah”, John Ford, 1958): Spencer Tracy es Frank Skeffington, un veterano alcalde de una ciudad de Nueva Inglaterra que se presenta a la reelección. Quizá su adversario no esté a su altura, pero los tiempos están cambiando, muy a su pesar, y hay intereses más poderosos que el bienestar de sus conciudadanos. ¿Serán la astucia, el coraje, y la cercanía con al votante de Skeffington mértios suficientes para triunfar en estas elecciones?
  • Tempestad sobre Washington (“Advise & Consent”, Otto Preminger, 1962): todos tenemos un pasado, todos tenemos muertos en el armario, e incluso hay quien tiene un armario para los muertos. La forma en que esto influya en nuestas vidas dependerá del momento y de cómo se muestrea a los demás. Merece la pena ver esta película sólo por las magnificas interpretacioens de Charles Laughton y Henry Fonda, Seabright Cooley y Robert Leffingwell respectivamente en la película.
  • Uno, dos, tres (“One, two, three”, Billy Wilder, 1961): una vez más, se demuestra que el perverso capitalismo es el único sistema económico capaz de garantizar la libertad de las personas. C.R. MacNamara (James Cagney) es el jefe de la CocaCola en Berlín. Sus ansias prosperar en la empresa a la que representa se verán afectadas por el encuentro entre la hija del presidente de su compañía y un joven e idealista revolucionario. 
  • Charada (“Charade”, Stanley Donen, 1963): no tiene esta película ningún tipo de interpretación política (yo al menos no se lo he encontrado), y por tanto tampoco cabida aquí, pero es mi favorita y por eso la incluyo en este listado. ¿Alguna prerrogativa habría de tener yo por administrar un blog, no? 
  • El gatopardo (“Il gatopardo”, Luchino Viscont, 1963): basada en la novela homónima de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, la película nos cuenta la historia de Don Fabrizio (Burt Lancaster), príncipe de Salina, y de su familia, cuya vida se ve alterada tras la invasión de Sicilia por las tropas de Garibaldi en 1860. El "gatopardismo" se resume en política con la frase pronunciada por Tancredi (Alain delon): “Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi” (“Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”) Cambiar todo para que nada cambie es la máxima que algunos políticos tienen siempre presente y, por qué no reconocerlo, la idea que muchas personas tienen de la vida misma. El paso de la dictadura a la democracia en españa, Transición mediante, fue para muchos la corroboración empírica de la validez de esta idea 
  • En bandeja de plata (“The Fortune Cookie”, Billy Wilder, 1963): fue Mark Twain en “Un yanqui en la corte del rey Arturo” quien dijo que es mejor nacer atado a un yunque que hacerlo dotado de conciencia; al primero lo puedes deshacer con ácidos cuando ya no lo soportas más, pero no hay ningún modo de deshacerse de la conciencia. Eso es lo que le sucede a Harry Hinkle (Jack Lemmon) ante las trapacerías de su cuñado Willie Gingrich (Walter Matthau). Muchos de nuestros políticos han tenido la fortuna de nacer sin yunque que los ate...¡y sin concoiencia!
  • ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (“Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb”, Stanley Kubrick, 1964): una muestra del arte interpretativa de Peter Sellers, en una película que pone en solfa todo cuanto hay en el planeta, desde el gobernante que rige nuestros destinos hasta el pueblerino más rustico que cumple ciegamente las ordenes que recibe. 
  • My fair lady (George Cukor, 1964): quizá siempre haya un Pigmalión, algún Henry Higgins (representado en esta película por Rex Harrison) dispuesto a redimir a alguien. Por desgracia sólo ha habido una Eliza Doolittle (Audrey Hepburn) y si muchos fatuos y pomposos Zoltan Karpathy. En la política sucede lo mismo, las apariencias engañan, y normalmente lo hacen sólo para decepcionarnos. 
  • La armada Brancaleone (“L'armata Brancaleone”, Mario Monicelli, 1966): una autentica metáfora de la política partidista de hoy en día. En la Edad Media, un joven noble (Vittorio Gassman) debe reclamar una herencia que consiste en un feudo. Para ello, recurre al apoyo de un puñado de individuos perdularios, desastrados y muy medrosos, que sólo buscan huir sus miserias sin correr excesivos riesgos. ¿Nos suena de algo esto?
  • El guateque (“The Party”, Blake Edwards, 1968): hay que tener mucho cuidado con quien se invita a asistir a nuestras fiestas, y también a quién se le ofrece formar parte del gobierno. Si no, puede que la fiesta no termine tan bien como en esta película protagonizada por Peter Sellers. 
  • Delitos y faltas (“Crimes and Misdemeanors”, Woody Allen, 1989): toda partida tiene su contrapartida, y todo crimen tiene su castigo. ¿O no siempre? Que se lo pregunten a quienes prevarican un día sí y otro también. 
  • La escopeta nacional (Luis García Berlanga, 1978): una agridulce comedia con más interpretaciones, variaciones y modulaciones de las que puedan parecer a simple vista. Por centrarse sólo en uno de sus aspectos, y de forma muy superficial, vemos aquí como el poder se reinventa siempre a si mismo, con independencia de la forma de gobierno y del sistema político imperante. 
  • Las verdes praderas (José Luis Garcí, 1979): porque la vida es lo que nos sucede mientras hacemos planes. Entre tanto, nos llevan al huerto, y trabajamos para la Seat, Philips, Zanussi, y para El Corte Inglés. Todo un canto a la libertad del individuo, vigente todavía hoy,  37 años después. 
  • Los lunes al sol (Fernando león de Aranoa, 2002) y En busca de la felicidad (“The Pursuit of Happyness”, Gabriele Muccino, 2006): ambas películas deberían verse una a continuación de la otra, sin solución de continuidad, y entenderse como una unidad para que el mensaje se comprenda en toda su magnitud. Al final, deberíamos darnos cuenta de la gran diferencia con la que dos sociedades, la española y la norteamericana, afrontan el problema del paro: la desidia, la molicie y el hacinamiento social de “Los lunes al sol” frente al inconformismo, el espíritu de superación y la resilencia de Will Smith en “En busca de la felicidad”.
Prometo (o más bien debería decir “amenazo”) completar, comentar, y detallar este enumeración en posteriores post o, ¡quién sabe!, elaborar nuevos artículos de similar temática. Paciencia, amigo lector, paciencia.

En la imagen que ilustra este post se puede ver a Peter Sellers en una escena de la película ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (“Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb”, Stanley Kubrick, 1964) y ha sido obtenida de este sitio web