Querida A:
Siempre supe que cuando de verdad te animaras entrar en mi vida sería por amor.
Sé que no soy un hombre guapo, ni atractivo, y que no tengo una personalidad
cautivadora. Soy un individuo gris y anodino, como esa persona con la que te
cruzas todos los días camino del trabajo o de la compra, y que de repente
desaparece de tu rutina sin que te des cuenta hasta varias semanas después. Por
eso esperaba que, en algún momento, algo
dentro de ti se activaría al encontrarte conmigo, al igual que se activa en mí
ante ti, y que esa coincidencia de señales haría que se pusiera en marcha algún
mecanismo cósmico destinado a unirnos de forma misteriosa y alambicada. Como
ves, no pido nada difícil, más bien al contrario, todo es muy sencillo, o al
menos no más complicado que un simple cruce de vías de tren accionado por relés,
con la salvedad de que en nuestro caso faltaba un demiurgo, un jefe de estación
mágico, que tuviera a bien accionar las palancas necesarias en el momento
preciso.
Si te paras a pensar, no podía suceder de
otra forma. Entre mis escasas virtudes no está el valor, nunca me he atrevido a
acercarme a ti más allá de lo respetuosamente necesario, temeroso de perderte
por pedir demasiado a una relación que no da de si más que lo suficiente, si
acaso lo indispensable si se sabe llevar con tino y prudencia. Inocente de mí,
siempre confié en que escucharas esa señal, o la vieras, o la olieras, o la
percibieras en sueños, que no sé cómo tú notarás estas cosas, y me liberaras de
asumir el riesgo más que probable de una negativa a ampliar nuestra amistad
hacía ámbitos más sensuales. Pero tú siempre has sido reacia a dar el primer
paso, algo que no te puedo reprochar porque, seamos sinceros, siempre has
tenido candidatos a compartir tu vida, algunos de ellos, reconoce que tengo
razón, poco aconsejables para una mujer tan digna, elegante y armoniosa como
tú. Aunque tampoco me hagas mucho caso en esto, porque siempre he pensado que,
salvo nuestras madres, todas las mujeres están con el hombre equivocado, y tú no
podías ser una excepción.
Si te cuento esto es porque aun hoy no sé
qué fue lo que te llevo a acercarte a mí en aquellos tiempos en los que
compartíamos escaño en la universidad. Tú bajabas todos los días de las aulas
de tercero para tomar apuntes de las asignaturas que tenías pendientes de
segundo e, inexplicablemente, buscabas mi compañía y complicidad. Las más de
las veces era una compañía silente la nuestra, poco podíamos hablar en primera
o segunda fila aunque nos propusiéramos hacerlo en voz baja, pero suficiente
para mí, deseoso como estaba entonces de sentirme si no querido o deseado, si
al menos apreciado por una mujer como tú. Los cambios de clase eran los únicos
momentos en los que podíamos charlar, cuando no tenías que salir pitando para no
perderte la asignatura de derecho Tributario, momento que aprovechábamos para
contarnos nuestras pequeñas cuitas, como aquella vez que tuviste que comprar una
docena de paquetes de clínex porque en el bazar chino no quisieron fraccionar
el lote para que te pudieras llevar sólo uno, y me ensañaste el bolso, lleno de
paquetitos, a modo de prueba, como si me hiciera falta ver para creer. O cuando
tuviste que rociar con perfume tu bolso para matar no sé qué olor, y al abrirlo
un delicado aroma a ti envolvía a todo
aquel que estaba cerca.
Nunca te lo dije, pero tu perfume fue la
causa de que te indultara, y por tanto el culpable de todo lo que vino después,
lo bueno y lo malo, que de todo hubo, en estricta aplicación de esa ley del
péndulo que parece perseguirnos a muchos. Ya sabes que el día en que te conocí
me pareciste una pija insoportable, pero a la semana siguiente, cuando ya tú me
conociste a mí, tuve que rendirme a la realidad y arrumbar todos mis prejuicios.
No sé si te acuerdas: era última hora de la mañana y estábamos en clase de
Teoría Económica, haciendo esfuerzos por no sucumbir a los encantos de la materia,
y a mí se me acabó el bolígrafo con el que tomaba apuntes. Necesitaba otro
urgentemente, y allí estabas tú para prestármelo, un pilot azul, idéntico al
que yo usaba. Podía habérselo pedido a quien tenía a mi izquierda, es cierto, pero
me volví a la derecha y me encontré contigo. ¿Curioso, verdad?.
Al acabar la clase, que cosas, se me
olvidó devolvértelo, y tuve que buscarte los días siguientes, no fueras a
pensar que era un sinvergüenza que no retorna lo prestado. Durante el tiempo
que tuve aquel pilot v ball 0,5 de color azul cobalto conmigo, tu perfume me
acompaño adherido en él, y tú sin saberlo en cierta forma también, viviendo
junto a mí lo que yo vivía, y creo que fue esa esencia la que despertó en mí la
señal de la que ya te he hablado, esa que me permitió identificarte sin sombra
de íntima duda. Cuando nos volvimos a ver, un viernes de noviembre a última hora en clase
de Dirección Financiera, rechazaste
amablemente la devolución (“Ya tengo otro. Quédate si quieres tú con él…”) y creo
que fue ahí, precisamente ahí, donde tú también percibiste esa señal. Sea como
fuere, desde aquel momento siempre buscamos la compañía el uno del otro. Yo te
reservaba un sitio a mi lado en las tres o cuatro clases a las que venías, y tú
me esperabas a última hora para coger el autobús urbano que nos llevaba a casa.
Te recuerdo aun hoy, con claridad prístina, de pie, ante la puerta del aula,
con tu mochila marrón al hombro y tu carpeta bajo el brazo, haciendo un leve
gesto imperativo de cabeza a modo de conminación para que no me demorara en
recoger mis bártulos: “¡Venga! ¡Nos seas tardón, que llevamos toda la mañana
aquí y vamos a perder el bus!”, parecías decir con la mirada.
Nuestras vidas aun habían de tardar algo
más en cruzarse por completo, al igual que lo hacen las vías de un tren en la
proximidad de una estación, y también aun algo más en separarse sorpresiva y
misteriosamente como después lo hicieron. En medio de ambos momentos, tú y yo compartimos
nuestras vidas durante unos meses, detenidos las más de las veces en tu piso de la calle Primavera. Era aquella una calle pequeña y oscura calle de una ciudad de provincias en la que tú y yo logramos hacer que la luz brillara en uno de sus rincones por un tiempo que a mi se me antoja aun hoy escaso. Ya sabes que las primaveras son siempre cortas y los inviernos siempre largos,
Pero eso ya es otra historia.
Nada más por hoy. No más lata.
Siempre tuyo,
AM.
La imagen que ilustra este post ha sido obtenida de este sitio web.