
Llevo semanas intentado escribir
algo, un relato, una historia, pero no me sale. No me sale por una única y sencilla razón: no sé contar
historias. ¡Hace tanto que no vivo una historia! La última creo recordar que
fue con seis años, cuando Carolina me dio un beso en el recreo del parvulario. Desde
entonces he vivido en permanente estado de película. Porque, lo confieso: veo
demasiado cine. Por eso, no sólo me identifico con lo que veo y escucho en la
pantalla, sino que al final también entiendo mi vida como un filme en el que a
una escena le ha de suceder otra, no sé si mejor, pero si conducente siempre a
un final feliz, como si todo esto estuviera dirigido por Frank Capra.
He vivido aventuras imposibles de
creer, de la mano de Bruce Willis, Steve McQueen, o Alfred Hitchcock, he estado
en lugares que jamás pisaré gracias a la 20th Century Fox, a la
MGM , o a la
Warner Bros., y me he enamorado perdidamente de Audrey
Hepburn, Ingrid Bergman y Scarlett Johansson. Mientras todo esto sucedía, mi
vida, mi vida real, mi verdadera vida, seguía su curso, con contumaz decisión,
hacía dónde sólo un mal director de serie B se le podría ocurrir llevarla.
Porque, ¿sabe vs. amigo lector qué
sucede? Que me he olvidado de vivir. No es nada grave, raro, o anormal. Les pasa
a muchas personas: médicos, enfoscadotes, maestros, e incluso a los curas. Tan
preocupados estamos en prepararnos para esa vida deseada, tan perfecta y bien
planeada ella, que no nos damos cuenta de que el tiempo que pasamos en la cola
esperando, es en realidad aquello por lo que tanto nos estamos peleando.
Por eso no sé contar historias.
Porque no tengo historias que contar. En cambio, John Ford, Howard Hawks, o Ernst
Lubitsch, amaron la vida antes que el cine. Ese ha sido mi error: amar el cine
(y la ópera, y la literatura, y la poesía) antes que la vida. Para mí, la vida
está muchas veces en los noventa minutos que me paso ante una pantalla, en las
dos horas que estoy leyendo una novela, o en el rato que dedico a escuchar un
fragmento de ópera. Después, cuando salgo a la calle, ¿quién me puede negarme que
soy Cary Grant, transmutado en Peter Joshua, un hombre elegante y de mundo, el
único capaz de enamorar a Audrey Hepburn, mudada en Regina Lampert para la
ocasión?, o ¿quién se va a atrever a decirme que no puedo ser Alfredo Germont,
el pigmalión que logra redimir con amor a una descarriada Violetta Valery? El
problema es que, parafraseando a Woody Allen: soy ya “demasiado mayor, demasiado
miope, y demasiado bajito, y además me estoy quedando calvo” como para
ilusionar a alguien que no sea yo mismo.
Así pues, si mi vida es tan
simple, inane, y sin esperanza alguna de remisión, y si por tanto no tengo
historias que contar, y a nadie puedo epatar con mis relatos, lo normal sería
que procediera a mi “suicidio cibernético” y cerrada de inmediato este magro
blog que administro. Pero, no se emocione amigo lector, eso no va a suceder.
Porque, sigo vivo pese a todo, y el deseo de contar algo, por nimio que sea, es
una tabla de salvación, el pecio emocional de una mala película de piratas, al que
aun no he renunciado.
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