miércoles, 1 de julio de 2015

Vivo, pese a todo.


Llevo semanas intentado escribir algo, un relato, una historia, pero no me sale. No me sale  por una única y sencilla razón: no sé contar historias. ¡Hace tanto que no vivo una historia! La última creo recordar que fue con seis años, cuando Carolina me dio un beso en el recreo del parvulario. Desde entonces he vivido en permanente estado de película. Porque, lo confieso: veo demasiado cine. Por eso, no sólo me identifico con lo que veo y escucho en la pantalla, sino que al final también entiendo mi vida como un filme en el que a una escena le ha de suceder otra, no sé si mejor, pero si conducente siempre a un final feliz, como si todo esto estuviera dirigido por Frank Capra.
He vivido aventuras imposibles de creer, de la mano de Bruce Willis, Steve McQueen, o Alfred Hitchcock, he estado en lugares que jamás pisaré gracias a la 20th Century Fox,  a la MGM, o a la Warner Bros., y me he enamorado perdidamente de Audrey Hepburn, Ingrid Bergman y Scarlett Johansson. Mientras todo esto sucedía, mi vida, mi vida real, mi verdadera vida, seguía su curso, con contumaz decisión, hacía dónde sólo un mal director de serie B se le podría ocurrir llevarla.  
Porque, ¿sabe vs. amigo lector qué sucede? Que me he olvidado de vivir. No es nada grave, raro, o anormal. Les pasa a muchas personas: médicos, enfoscadotes, maestros, e incluso a los curas. Tan preocupados estamos en prepararnos para esa vida deseada, tan perfecta y bien planeada ella, que no nos damos cuenta de que el tiempo que pasamos en la cola esperando, es en realidad aquello por lo que tanto nos estamos peleando.
Por eso no sé contar historias. Porque no tengo historias que contar. En cambio, John Ford, Howard Hawks, o Ernst Lubitsch, amaron la vida antes que el cine. Ese ha sido mi error: amar el cine (y la ópera, y la literatura, y la poesía) antes que la vida. Para mí, la vida está muchas veces en los noventa minutos que me paso ante una pantalla, en las dos horas que estoy leyendo una novela, o en el rato que dedico a escuchar un fragmento de ópera. Después, cuando salgo a la calle, ¿quién me puede negarme que soy Cary Grant, transmutado en Peter Joshua, un hombre elegante y de mundo, el único capaz de enamorar a Audrey Hepburn, mudada en Regina Lampert para la ocasión?, o ¿quién se va a atrever a decirme que no puedo ser Alfredo Germont, el pigmalión que logra redimir con amor a una descarriada Violetta Valery? El problema es que, parafraseando a Woody Allen: soy ya “demasiado mayor, demasiado miope, y demasiado bajito, y además me estoy quedando calvo” como para ilusionar a alguien que no sea yo mismo.
Así pues, si mi vida es tan simple, inane, y sin esperanza alguna de remisión, y si por tanto no tengo historias que contar, y a nadie puedo epatar con mis relatos, lo normal sería que procediera a mi “suicidio cibernético” y cerrada de inmediato este magro blog que administro. Pero, no se emocione amigo lector, eso no va a suceder. Porque, sigo vivo pese a todo, y el deseo de contar algo, por nimio que sea, es una tabla de salvación, el pecio emocional de una mala película de piratas, al que aun no he renunciado.

La fotografía que ilustra este post pertenece a la película "Alarma: catástrofe" ("The Medusa Touch", Jack Gold, 1978). Puede encontrase en el siguiente sitio web.
 .

No hay comentarios:

Publicar un comentario