Hay una historia muy vieja que cuenta como un explorador
recién desembarcado en una remota región de África se topa con una tribu de
aborígenes. Asustado, pues le habían advertido de que por allí los nativos
hacían canoas con la piel del hombre blanco, no tuvo mejor ocurrencia que sacar
un cuchillo y apuñalarse al tiempo que decía: “¡Os fastidiáis! ¡Ahora os pincho
la canoa!” Pues bien, así es como podría resumir yo mi relación contigo: llena
de preocupaciones, miedos, inquietudes y angustias, y aun así no hago sino buscarte incansablemente.
Otro chiste importante que explica nuestra relación es aquel
que cuento siempre que algún impertinente me pregunta por el motivo de mi
aparente soledad: “¡Quien quiera algo de mí, que me venga a buscarme a casa!”, digo
a modo de justificación; “Eso nunca funciona”, me replican; “Si, por supuesto
que funciona. Nunca viene nadie”. Esa es la historia clave en mi vida adulta,
la que explica mi relación con las mujeres, y más en particular contigo.
Te cuento esto porque estoy empezando a preocuparme. No soy
viejo aun, lo sabes, pero pronto pasare de ser un treintañero prometedor a ser
un frustrado cuarentón. Precisamente por eso creo que va siendo hora de que nos
pongamos de acuerdo tú y yo y decidamos coincidir de alguna manera, a poder ser
en tiempo y lugar, para hablar de nuestras cosas, y ver de este modo si
llegamos a un acuerdo mutuamente satisfactorio. Disculpa que te hable en
términos tan pedestres, pero es que quizá esa sea la única manera de lograr
algo sustancioso para ambos, habida cuenta que lo espiritual no me ha
funcionado, digamos, excesivamente bien hasta ahora, y tú no haces otra cosa
que mostrarte especialmente esquiva y voluble conmigo.
¿Crees que exagero? Te cuento lo que me pasó hace unas semanas
para que tú misma juzgues. Un sábado por la tarde salí a buscar una película al
videoclub. No te sorprendas, no sólo de clásicos vive el cinéfilo. A veces es
preciso embaularse un par de películas españolas o algún éxito de Adam Sandler
o Ben Stiller para soportar después, sin graves consecuencias, los horripilantes
efectos secundarios que tiene el cine de Ingmar Bergman o Kieślowski.
El caso es que ese día te encontré de nuevo, y te reconocí de inmediato, como siempre. Creo que sería capaz de hacerlo en medio de una multitud, pese a mí notable miopía, a mi congénito despiste, y a mi mala memoria para las caras. Y es que, para ser sincero, nunca he prestado atención a la apariencia que caprichosamente adoptas cada vez que te dignas a aparecer en mi vida. No es que me fije en tu cuerpo, no me mal interpretes, sino que lo primero que percibo de ti es tu esencia, y es lógico que sea así, con lo dada que tú eres a cambiar de aspecto.
El caso es que ese día te encontré de nuevo, y te reconocí de inmediato, como siempre. Creo que sería capaz de hacerlo en medio de una multitud, pese a mí notable miopía, a mi congénito despiste, y a mi mala memoria para las caras. Y es que, para ser sincero, nunca he prestado atención a la apariencia que caprichosamente adoptas cada vez que te dignas a aparecer en mi vida. No es que me fije en tu cuerpo, no me mal interpretes, sino que lo primero que percibo de ti es tu esencia, y es lógico que sea así, con lo dada que tú eres a cambiar de aspecto.
Ese día tú caminabas por la otra acera, en sentido contrario
al mío, tan elegante, etérea, y arrogante como siempre, y no pude resistir la
tentación de seguirte. Cruce la calle, y comencé a caminar tras de ti a una
distancia prudencial. Vi como te detenías ante los escaparates de Oysho,
Sephora, Mascaró, y Devernois (mientras que a mí me tocó hacerlo, retrasado
como iba, ante un banco, un quiosco de chucherías, una copistería y un bingo) y
como pasabas de largo, sin inmutarte, ante una pastelería, dos librerías, una
ortopedia, y el escaparate de Pronovias. Atendiste también, sonriente,
irradiando felicidad (vi tu cara reflejada en un escaparate) una llamada de móvil,
al tiempo que tu mano izquierda jugueteaba con el pendiente de clip de tu oreja
derecha. Acariciaste el perro de un púber imberbe mientras esperabas a que el
semáforo se pusiera en verde para cruzar. Recogiste una botella de agua vacía
de la acera y la dejaste en la papelera que estaba al lado. Te ajustaste la
sandalia derecha que se te escapaba el talón, sin apoyarte en nada, manteniendo
el equilibrio en lo que me pareció una maniobra circense, aparejada como ibas
con un bolso gigantesco y varias bolsas de Zara. A punto estuviste de descubrir
mi seguimiento en un par de ocasiones, de lo que me salvó “in extremis” un generoso
contenedor de vidrio la primera ocasión y una providencial marquesina de bus la
segunda.
Mientras te seguía (¿o más bien debería decir “perseguía”?)
pensaba en lo inútil que era esta actividad. Me sentía igual que cuando hago
bici estática en el gimnasio. Mucho pedaleo, mucho esfuerzo, para al finar acabar en el mismo sitio donde
empecé, pese a que la pantallita diga que he recorrido quince quilómetros. En
algún momento mi acecho acabaría, y yo sólo estaría centenares de metros más
alejado del videoclub que cuando salí de casa, mientras que tú estarías precisamente allí donde
querías estar. Sin embargo, en ese momento no podía evitar sentirme emocionado,
ilusionado, incluso esperanzado, por más que me repitiera que no había motivo alguno
para ello.
Estaba ensimismado en estos pensamientos cuando los
acontecimientos se precipitaron. De repente, levantaste la mano a modo de
saludo (no te vi la cara, pero estoy seguro de que también sonreíste),
aceleraste el paso, y te precipitaste en brazos de quien te esperaba a las
puertas de ese hotelito tan mono que estaba a la vuelta de la esquina. Él te
recibió con idéntico júbilo, con ademanes un tanto (déjame que sea malo, por
favor) afectados diría yo. Tras unas breves palabras, los dos os embarcasteis
en el taxi que ya os esperaba a pie de calle.
Apreté el paso, y acerté a pasar junto a ti en el mismo
instante en el que vuestro coche arrancaba. En ese momento, por un instante,
nuestras miradas se cruzaron, y me pareció percibir una leve sonrisa en ti, un
leve gesto en la comisura de los labios, acaso señal de que me habías
reconocido. Sin duda, no podía ser, era imposible que así fuera, pero te juro
que aun hoy, cuando lo recuerdo, tengo dudas.
Esa tarde renuncié a ver cualquier película. La realidad no
había superado a la ficción esta vez, pero yo ya tenía material para fantasear durante
algún tiempo, ya tenía combustible con el que seguir alimentando mi ilusión por ti,
y lo que es más importante: tenía una historia que poder contarte en esta carta. Me
bastaba con recordar ese instante en que nuestras miradas se encontraron y me sonreíste.
Nada más por hoy. No más lata.
Tuyo siempre,
AM.

No hay comentarios:
Publicar un comentario