domingo, 18 de enero de 2015

No me digas "ven".

Hace años ya que "Los Panchos" cantaban aquello de “Si tu medices ven”. En la canción, compuesta por Alfredo Gil e inspirada vagamente en un poema del mismo nombre de Amado Nervo, se implora, a ritmo de bolero, ser correspondido en un amor que de por si ha de traer la felicidad, la redención de los males, y el fin de las penurias de sus protagonistas, salvador él y mártir ella, según las reglas del amor romántico más recalcitrante. En “Esperando a Godot”, el protagonista ausente se hace el longuis y no llega a su cita por más que se le espere, no sabemos aun muy bien para qué. Aquí, al igual que en la obra de Beckett, la ingrata destinataria de la canción quizá no diga hoy “ven”, pero “mañana seguro que sí” lo hace, salvándose  así de una ruina cierta que tampoco nunca llega a ser precisada.
Ha tenido que pasar mucho tiempo para que Albert Espinosa, en el título de su novela de 2011, añadiera a la impasibilidad panchera un toque imperativo que estimule al otro a la acción: “Si tu me dices ven lo dejotodo…pero dime ven”. Magro progreso, fruto de décadas de reflexión, alentado seguramente por la porfiada incomparecencia de una contraparte que no se aviene a razón alguna. Resultado lógico, a fin de cuentas, pues Espinosa se conforma con añadir sólo un bochornoso ruego a una petición condicional de por si ya dramática.
A la vista de esta situación, la única alternativa posible sería que alguno de los protagonistas de esta aporía vital tomara la iniciativa.  Parece evidente que permanecer impasibles ante los hechos, esperar impávidos a que los hados se confabulen a nuestro favor, no es la solución a ninguno de nuestros males. Lo más que conseguiremos es que la fortuna pasé ante nuestra puerta, pero camino de aquellos que ni oyen boleros ni leen libros de autoayuda. Él o ella deberían tomar una determinación, ir el uno a la busca del otro, y asumir las consecuencias del encuentro, o bien permanecer ambos indiferentes en sus respectivas vidas y dar por zanjada una relación que no ha dado de si más que suficiente. No parece que esta opción haya sido tenida en cuenta, a la vista de que tantos años después todavía se siga insistiendo tozudamente con la misma cancioncita.
En la vida real, aparentemente tan alejada de la que nos platean los compositores de boleros, los escritores de superventas, o los autores teatrales, a veces nos encontramos con situaciones en las que su leitmotiv es la duda, el miedo, la indecisión. Estamos, empleando un término náutico, al pairo, a la espera de que suceda algún acontecimiento que sea propicio y nos ayude a salir del brete en el que nos encontramos. Es entonces cuando, al igual que en la obra de Beckett, en nuestras vidas ni nada ocurre, ni nadie viene. Porque, al final, a Godot no se le espera, hay que salir a buscarlo al camino, al igual que no hay que esperar a que nos digan “ven”, sino avisar, aunque sólo sea por educación, y decir: “¡Voy!”, e inmediatamente, ir. Como decía Diógenes de Sinope: “El movimiento se demuestra andando”. 

La fotografía que ilustra este post ha sido obtenida de este sitio web.

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