miércoles, 1 de julio de 2020

En mis zapatos.

Aquella noche llevabas un abrigo de paño azul. Con los puños y los pies golpeabas la puerta del apartamento. Estabas descalza. Uno de tus tacones se había roto. Sollozabas. Hipabas. Gritabas. Querías volver allí donde habías sido feliz y retomar una vida que ya no existía. Te podía ver a través de la mirilla. Sentía tu angustia, tu desesperación, tu tristeza. Dudaba si abrir la puerta o dejar que el dolor se quedara contigo en el rellano.  Agotada, cansada, vencida ya, te sentaste en el suelo. Con la espalda apoyada en la pared empezaste a llorar. Un llanto silente dio paso pronto a otro hondo y sentido. Todo era inútil ya. Fue entonces cuando el cielo se rompió en mil pedazos.

Amanecía cuando abandonaste el apartamento. La tormenta de la noche anterior había dado paso a un día que prometía ser luminoso. Los dos sabíamos que nunca nos volveríamos a ver. Lo sucedido no se podía repetir.  Atrás quedaba una noche de confidencias e intimidad. De encuentro y revelaciones. Del café pasamos al dry Martini. De las galletas de chocolate a la pizza. Del salón a la habitación.  Fue allí donde levantamos una arboleda de sueños en una sola noche en vela. Y amanecimos para terminar tal y como habíamos comenzado, con un café en las manos y tú en el mismo descansillo donde ayer descargabas tu ira. Desde el balcón vi como te alejabas sin volver la vista atrás, con tus zapatos rotos en la mano, mientras jugabas a pisar los charcos de la acera con mis tenis nuevos.

Me sorprendió que aceptaras mi invitación: “Entra, por favor. No te quedes ahí…”  Hacía años que éramos vecinos y apenas habíamos intercambiado fugazmente alguna palabra. Aquella noche te confesé como poco a poco me habías cautivado con tus encantos. Como me enamoré platónicamente de ti. No podía ser de otra forma. Erais un matrimonio feliz. O eso creía yo. Con el primer café me confesaste ya tu tristeza. Estabas harta de las infidelidades de tu novio, que no tu marido, de sus desprecios, de su arrogante suficiencia. De amarlo todavía. Solos, hastiados, aburridos de nuestras vidas, aquella noche nos dimos refugio el uno en el otro. Un momento fugaz que a mi se me antojo eterno. Un instante que se me pareció una vida.

Dos días después dejaste mis tenis colgados de los cordones en el pomo de la puerta. Un mes tuvo que transcurrir para que te volviera a ver, también con tu abrigo de paño azul, entrando con tu novio en el apartamento que habitabais frente al mío. No tardasteis en mudaros. De eso hace ya un año. Aun hoy tengo la esperanza de verte algún día por la mirilla de la puerta, deseosa de calzar de nuevo mis tenis nuevos. Quizá ahora para siempre.


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