Lo tenía todo planeado. Aquella noche se lo pediría. En el mismo restaurante donde se citaron por primera vez. En la misma fecha. En la misma mesa. Ella estaba ante él. Entre ambos ardía una vela. Él la miraba, y veía los mismos ojos que lo encandilaron; la escuchaba, y se alegraba con la misma voz que lo atrapó. Mientras, ella hablaba de sus planes, de sus amigos, de sus problemas, de su vida. Al hacerlo, las manos se movían ligeras en el aire y sus abalorios tintineaban. Le parecía estar ante un director de orquesta que ejecutara una obra compuesta para voz, risa y percusión. Mientras, él jugaba con sus dedos sobre el mantel, tamborileaba sobre la mesa, acariciaba la base de la copa. Pensaba. La vela se consumía poco a poco. La velada avanzaba. Ahora ya no la veía, su mirada se perdía en un futuro no muy lejano. Ya no la escuchaba, sólo la oía; la sinfonía de su palabrería le estorbaba a su pensamiento. Fue entonces cuando reparó que de la vela que los acompañaba sólo quedaba una pequeña mancha de cera, un leve resto de humo. Unas palabras lo sacaron de su ensueño: “¿Qué planes tienes para mañana?”. “Ninguno ya”, respondió él.
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