domingo, 15 de marzo de 2020

¿Qué es compañía?


Recuerdo que aquella noche regresamos temprano de la boda de V. Tu amiga de la infancia se casaba y no podías faltar. Os conocíais desde el parvulario. Habíais compartido incertidumbres, miedos, alegrías desde niñas. Juntas descubristeis la adolescencia y alalimón os bebisteis la juventud a trago largo.  Ese día V. empezaba una etapa nueva en la vida y tú, como siempre, estabas a su lado. Su felicidad era la tuya. Pero yo sabía que te sentías abandonada. Aunque tuvieras mi compañía. Aunque fueras la ama, dueña y señora de mi amor. Fue en casa, en brazos el uno del otro, cuando te dije: “Podríamos ser los siguientes en casarnos. ¿No dicen que de una boda sale otra?”
Es curioso lo poco que puede llegar a ocupar una vida. Media docena de cajas de cartón. Dos bolsas de Zara. Una maleta de viaje. En un volumen tan escaso empaquetaste cinco años de vida juntos. Restos de un naufragio que no podía vaticinar. Tres días después de aquella peregrina pregunta tu hermana se llevó todo lo que era tuyo. Salvo tu esencia. Esa quedaría para siempre impregnando mi vida. “Te llamará pronto y te lo explicará todo. Dale tiempo.” Después, silencio. Un silencio ensordecedor que no sabía cómo acallar. Respeté tu mutismo primero. Lo violenté después. Te busqué y no te encontré. Rompiste todo vínculo conmigo y con nuestro entorno. Me rebelé y enfadé. Me deprimí. Te odié. Luego, asumí que nada podía hacer. Fue entonces cuando, finalmente, acepté.
Cuatro años, seis meses, cinco días y una hora después de aquella petición de matrimonio volvía también temprano a casa de una boda. No me acompañabas tú como entonces. No había ya nadie a quien servir la última copa de la noche. Nadie que se descalzara sus stilettos para bailar conmigo “Till there was you”. Nadie a quien susurrarle al oído un estúpido deseo que terminó por quebrarme la vida.  Solo el teléfono sonando en el preciso instante en el que entraba en casa. “Soy yo. No cuelgues por favor…”.
Nos vimos dos días después en “La Confianza”, aquel cafetín donde servían los petit crosissant de crema que tanto te gustan. Apenas me dejaste hablar. Durante más de dos horas desengranaste la historia de tu vida durante los últimos años. Comprendí así las razones de tu abandono. Tu deseo de descubrir si había alguna diferencia entre el amor y el cariño. Tu necesidad de encontrar el alma gemela absoluta. Tu ansia por no dejar escapar un tren que creías el último. Entendí también la decepción y el desencanto que ahora te embargaban y las razones de tu regreso. “Si me dan a elegir me quedo con tu compañía”, me dijiste, por último. “¿Sólo compañía? ¿Con tan poco te conformas? ¿Qué es compañía?”, te pregunté. Recuerdo cómo sonreíste y me cogiste la mano: “Y tú me lo preguntas. Compañía eres tú”.

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