lunes, 3 de febrero de 2020

Los reencuentros son siempre inesperados.


Los reencuentros son siempre inesperados porque nada que se ha deshecho se une de nuevo espontáneamente, a veces agradables si ya hemos olvidado la razón de la separación, pero nunca innocuos cuando evocan sentimientos que ya creíamos superados. No debes de opinar tú igual pues no me habrías abordado hace unos días, después de años de mutua indiferencia, para ponerme al día de tu vida. Ahora sé que estás casada, felizmente te empeñaste en apostillar, con aquel amigo de la infancia que tanto te desagradaba cuando estábamos juntos y que finalmente se reveló como buen esposo y mejor padre de vuestros dos hijos. Sé también que trabajas en una importante multinacional y que tu puesto te obliga a viajar con frecuencia, de lo cual me alegro porque, al menos, has superado ya tu miedo a volar, el mismo que nos impidió conocer predios más allá del nuestro. Sin apenas dejarme responder a tus preguntas te despediste de mí. Tenías prisa, dijiste. Apenas acerté a responderte que no, que no me había vuelto a casar, que sí, sí seguía solo, y que aun vegetaba en mi trabajo en “La Confianza” donde me metió tu difunto padre. Fue mejor así. No hubiera podido seguir mintiéndote mucho más. No hubiera podido ocultarte que en realidad estaba, ahora sí, felizmente casado y era padre de una preciosa criatura de 4 años que cada día, afortunadamente, se parecía más a su madre, y que había dejado aquel puesto de consolación en la empresa que fundó tu abuelo para abrir una librería que daba lo justo para vivir justamente, pero que al menos me dejaba vivir mi sueño. No te dije la verdad porque para mi no eres más que un fantasma y con los espectros no debe hablarse. No sea que se crean que siguen con vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario