viernes, 31 de mayo de 2019

Historias posibles (II): Clara y el karma.


N
No creo en el karma. Dudo mucho que haya algún tipo de ley cósmica que devuelva mal por mal y bien por bien, como si nuestras vidas estuvieran gestionadas por una especie de junta de compensación universal. Pero, a veces, sólo a veces, se dan hechos que me hacen dudar si no estaré equivocado.
Tengo un amigo felizmente casado con quien fue su novia de toda la vida. O al menos de casi toda. En concreto de ese tramo de edad que media entre el ensayo y error de la adolescencia y el compromiso de la juventud. Se conocieron en la universidad, donde ella estudiaba Medicina y él ADE. Ella destacaba en una carrera vocacional, para la que había sido llamada desde la cuna. Descendiente de una larga estirpe de médicos, era hija de un eminente traumatólogo y de una no menos egregia ginecóloga, todo estaba encaminado para que la niña, llamémosle Clara, siguiera los pasos de sus antepasados. Él, mientras, renqueaba en una carrera que había escogido, como otros muchos, casi por desesperación, en el último momento y por descarte.  Su linaje no era tan brillante como el de su adorada Clara. Hijo de un ebanista y de un ama de casa, nunca tuvo claro lo que quiso estudiar. Y casi se podría decir que le daba igual. Él era feliz con sus libros (no de Economía, por supuesto), sus discos, y hablando de cine, historia, o arte con sus amigos o con quien quisiera escucharlo, que no siempre coincidían ambos. Su única certeza, y la única que quienes los conocíamos teníamos de él, era que estaba locamente enamorado de Clara. Al igual que ella de él, todo hay que decirlo.
No sé si su historia de amor tuvo un final desdichado, como pronosticó Woody Allen, pero Clara y, llamémosle a él Cándido, se casaron finalmente. Por supuesto, antes ella acabó la carrera y su MIR en Traumatología en el “Ramón y Cajal” de Madrid (¿O fue en el “Gregorio Marañón?”) y estuvo en varias ocasiones becada en Alemania, Italia, y creo que incluso en Francia. Por supuesto, él antes termino también su carrera y empezó a opositar a Secundaria, para trabajar después primero como sustituto y después como interino en una miríada de institutos de toda Galicia. Cándido obtuvo su plaza definitiva cinco años después de la boda, seis más tarde de que Clara fuera nombrada adjunta en el hospital de una gran ciudad. Por supuesto, allí montaron los dos su casa. La carrera de ella era prioritaria y en una capital podría seguir medrado profesionalmente, no como Cándido que, a lo más que podría aspirar, como decía su suegro, era a esperar pacientemente el próximo sexenio cómodamente apoltronado en la butaca de un instituto, dondequiera que éste estuviera.
Como le roce hace el cariño y (de nuevo citando a Woody Allen) engendra hijos, en 2001 nació la primera, y de momento, la única hija de Clara y Amado. La criatura más esperada, deseada, y querida de toda la Creación (al menos eso dijeron sus padres) vio la luz bajo el signo de Leo con su destino ya marcado, puede que no en los genes, seguro que no por los astros, pero si por el sanedrín de su familia materna. La niña habría de llamarse Clara, como su madre, pese a que su padre hubiera deseado que heredara el nombre de su abuela, su madre, que había fallecido unos meses antes sin haber conocido nieto alguno. Aceptó también, sin ápice de intima protesta, que la neonata fue acristianada anteponiendo el apellido de la madre al suyo. El padre no es (puedo dar fe de ello) un hombre orgulloso, y comprendió que los apellidos maternos le abrirían muchas más puertas cuando Clarita fuera, como obviamente habría de ser, la continuadora de una saga de ilustres galenos. A fin de cuentas, quién era él para oponerse a los hados de un destino que le había llevado a conocer a la mujer de su vida, ser correspondido y, en el colmo de la fortuna, tener con ella la hija más bonita que ha habido y habrá bajo el firmamento.
Con lo que nadie contaba era con la complicidad que casi de inmediato se estableció entre Cándido y Clarita. Él era el único capaz de calmarla cuando lloraba desesperada por cualquier berrinche, el único capaz de hacer que se comiera las papillas que le preparaban, y sólo él podía convencerla (casi) siempre de que debía esperar a que los Reyes Magos le trajeran todos los cachivaches que a la niña se le antojaban. A medida que Clarita crecía y se convertía en una adolescente, las charlas entre padre e hija fueron creciendo, en cantidad, tiempo, y profundidad, sin que por ello la influencia, atenta y candorosa, de la madre dejará de estar presente para estimular la inteligencia de una niña que no desmerecía de su progenitora, Pero Clarita con 10 añitos recién cumplidos, ya disfrutaba más con los cuentos que su padre le escenificaba con una naranja pintarrajeada con un rotulador y travestida de doña Rogelia con una servilleta de mesa, que la anatomía de la mano que su madre le explicaba subrepticiamente mientras cantaba los “Cinco lobitos” antes de irse a la cama.
El tiempo pasó (“inexorablemente” que diría un cursi) y Clarita se hizo mayor, mientras escuchaba en su casa música tan ecléctica como la Bach, Burt Bucharach, Mark Knopfler, o Satie, y alternaba la lectura de “La historia interminable” de Michael Ende, con “El árbol de la ciencia” de Pio Baroja, pasando por la saga de Harry Porter. Así, más o menos fue, hasta el momento en que Clarita, ya Clara, la hija de Clara y Cándido, la novia de un bigardo surfero al que había de dejar poco después de aprobar la Selectividad,  decidió matricularse en la facultad de Filosofía de la Universidad de Oviedo en contra del criterio de su madre, con el escándalo de sus abuelos,  con la preocupación de sus tíos maternos (uno de ellos, psiquiatra, pronostico que pronto abandonaría su idea inicial para encauzar sus pasos hacía algo más provechoso y digno de la tradición familiar) y ante la pasividad, casi indiferencia, de su padre. Y allí está ahora, en el primer curso del grado en Filosofía, feliz, e inocente de los pésimos augurios de su tío favorito, el psiquiatra.
Si se toda historia que ahora os cuento, omitiendo algunos datos y alterando otros, es porque hace unos días mi encontré de nuevo con mi amigo Cándido. Tras celebrar nuestro casual reencuentro con una comida, a la hora del café, flemático, irónico, y con ese toque tan británico que tiene su sentido del humor, me miro fijamente y me pregunto: “Pero, dime la verdad Francisco, ¿tú te imaginas a mi Clarita rompiendo huesos con un martillo en un quirófano?”.
Quizá yo esté equivocado y, al final, el karma sí exista. 

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