Querida Audrey:
Antes de nada he de pedirte disculpas por no encabezar esta
carta con tu verdadero nombre. O quizá debería decir con tus verdaderos nombres. Pero es que para mí no eres una, sino varias, que cambian en función del momento, de la ocasión, de la
circunstancia a la que el recuerdo me lleve. Entiéndeme bien, por favor, para
mi nunca ha habido nadie más que tú, siempre has sido solamente tú, pero es que, reconócelo, te gusta jugar con la forma
que adopta tu esencia, como si fueras el hada Morgana, y a veces me confundes sin
quererlo. Por eso, para escribirte esta carta, he escogido un nombre genérico que
evocara algo especial en mí, aunque no quizá para alguna de tus encarnaciones.
Así me resultará más sencillo mantener
el hilo de mis divagaciones, y al tiempo, mantener el anonimato que
siempre has demandado cuando te paseaste por mi vida.
Has de perdonarme también por rememorar hechos que pasaron
hace ya mucho tiempo y que quizá tú ya tengas olvidados, y por inventarme otros
(no sé cuáles si te soy sincero) para poder llenar los huecos de una historia
en la que se mezcla lo real con lo imaginario, lo sucedido con lo deseado, lo
posible con lo imposible. Pero necesito
hacerlo (¿recordar?, ¿inventar?) para poder entender una historia que hasta
ahora no ha dado de si más que suficiente. A fin de cuentas, a ti quizá no te
importe demasiado todo esto porque, si llegaras a leer esta carta, puede que ni
siquiera recuerdes quién soy.
Hablando de recordar, ¿te acuerdas cómo nos conocimos?
Bueno, más bien debería decir cómo te conocí yo a ti. Fue en la facultad, un
día de invierno, en una de esas interminables mañanas del primer cuatrimestre. Recuerdo
que entraste en el aula, una de esas típicas aulas en grada, en
un cambio de clase, y yo estaba en un escaño (¿se les llama así?) de la tercera
o cuarta fila (aun mi miopía no había hecho los estragos que luego casi me
obligan a dejar la carrera). Te vi
cruzar de izquierda a derecha, en diagonal, entre la tarima desde donde el
profesor de derecho Mercantil tronaba sobre la ley Hipotecaria y una primera
fila desierta, reconvertida casi en burladero. Recuerdo perfectamente que
llevabas una cazadora de ante marrón y un pequeño bolso o mochila (o como diantre
de le llame a ese adminículo al que las mujeres le dais todo uso)
al hombro. Te sentaste en la fila inmediatamente anterior a la mía, uno o dos
asientos a mi derecha. Fue entonces cuando te pude ver bien: el color de tus
ojos, de tu pelo, la expresión de tu cara. Y fue en ese momento cuando me pareciste
una pija insoportable. Una fatua, engreída, e intratable chica, más preocupada
por si misma que por lo que la traía a la universidad Evidentemente estaba equivocado, pero la forma
en que salí de mi error es otra historia que quizá algún día te cuente, si es
que te interesa y tienes paciencia para escucharla.
Nada más por hoy. No más lata.
Tuyo siempre,
AM.
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AM.
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Fotografía obtenida de: http://madridayer.wordpress.com/2010/04/13/la-facultad-de-farmacia-en-1962-2/
la verdad, me ha parecido muy sincero, emotivo, sensible y humilde.
ResponderEliminarGracias de corazón.
Me ha encantado eso de "pija insoportable".
Sigue así.