No nos damos cuenta, quizá porque siempre estamos apurados
en hacer algo o en llegar a algún sitio, pero si nos fijáramos y mirásemos con
atención a quien nos rodea, veríamos que
cada uno de nosotros tiene un ritmo propio, un tempo personal que lo
acompaña a donde quiera que vaya. No tiene esto nada que ver con la rapidez con
la que nos movemos, ni con la velocidad que imprimimos a lo que hacemos. Se
trata más bien de una cinética vital, acaso adquirida por aprendizaje o puede
que dada ya de forma irremediable por nacimiento, como el color de los ojos o
el perfil de la nariz, que nos sigue a todas partes, como si metrónomo interior
marcara el compás en nuestras vidas.
No hace mucho hablaba de esta idea con una amiga, profesora
de música para más señas, y tras algunos “peros”, reparos, y matizaciones, no
tardamos mucho en clasificar a amigos y conocidos según este peculiar criterio.
Creo recordar que dedujimos que yo, meditabundo, pesimista y melancólico como
soy, debería moverme al ritmo de un “adagio”, y estoy casi seguro que ella,
vital, optimista e incombustible, quedó
sentenciada a hacerlo según las pautas
de un “allegro". Pronto encontramos también ejemplos cercanos de sufridos
“larghettos”, de algún que otro desolado “grave”, e incluso de un
superferolítico “andantino”.
La ventaja de esta "taxonomía músico-vital” tan peculiar es
que es muy flexible y perfectamente modulable: si alguien no está satisfecho
con la etiqueta que le asignan, siempre puede
matizarla con alguna coletilla de su gusto, al igual que en música hacen los
compositores con sus movimientos. Así, quien no se sienta identificado con la optimista
imagen de un “allegro” podría añadir aquello de: “ma non troppo”, y si nuestro
espécimen destaca por lo mustio, mohíno y apesadumbrado de su carácter, bien
podría unir a su clasificación de “larghetto” la postdata de “affettuoso”. De
seguir este criterio, al final, podríamos encontrarnos en nuestras vidas con algún
que otro “allegro molto e vivace, quasi presto”, a varios “allegrettos con moto”,
quizá algún “adagio espessivo”, e incluso algún incorregible “presto con brio”.
Quizá, al final suceda que las características anímicas con
la que las naturaleza nos dota tienen menos importancia de lo que creemos, y lo
que opinan los demás de nosotros no tiene más valor que le que le queramos dar,
las más de las veces excesivo. Porque, acaso, quienes realmente forjamos
nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestro temperamento somos nosotros
mismos, con nuestras actitudes, pensamientos, y acciones ante la vida. Como decía
Irvin Berlin, casualmente un músico: “La vida es un diez por ciento como la hacemos y un noventa por
ciento como la tomamos”.
La fotografía que ilustra este artículo se titula "Snow in New York" (1960), es obra de Robert Doisneau (1912 - 1994), y en ella se ve al chelista francés Maurice Baquet.(1911 - 2005). Obtenida en: https://www.tumblr.com/search/Maurice+BAquet
No hay comentarios:
Publicar un comentario