martes, 23 de diciembre de 2014

Cinética vital.

No nos damos cuenta, quizá porque siempre estamos apurados en hacer algo o en llegar a algún sitio, pero si nos fijáramos y mirásemos con atención a quien nos rodea, veríamos que  cada uno de nosotros tiene un ritmo propio, un tempo personal que lo acompaña a donde quiera que vaya. No tiene esto nada que ver con la rapidez con la que nos movemos, ni con la velocidad que imprimimos a lo que hacemos. Se trata más bien de una cinética vital, acaso adquirida por aprendizaje o puede que dada ya de forma irremediable por nacimiento, como el color de los ojos o el perfil de la nariz, que nos sigue a todas partes, como si metrónomo interior marcara el compás en nuestras vidas.
No hace mucho hablaba de esta idea con una amiga, profesora de música para más señas, y tras algunos “peros”, reparos, y matizaciones, no tardamos mucho en clasificar a amigos y conocidos según este peculiar criterio. Creo recordar que dedujimos que yo, meditabundo, pesimista y melancólico como soy, debería moverme al ritmo de un “adagio”, y estoy casi seguro que ella, vital, optimista e incombustible,  quedó sentenciada a hacerlo  según las pautas de un “allegro". Pronto encontramos también ejemplos cercanos de sufridos “larghettos”, de algún que otro desolado “grave”, e incluso de un superferolítico “andantino”.
La ventaja de esta "taxonomía músico-vital” tan peculiar es que es muy flexible y perfectamente modulable: si alguien no está satisfecho con la etiqueta que le asignan,  siempre puede matizarla con alguna coletilla de su gusto, al igual que en música hacen los compositores con sus movimientos. Así, quien no se sienta identificado con la optimista imagen de un “allegro” podría añadir aquello de: “ma non troppo”, y si nuestro espécimen destaca por lo mustio, mohíno y apesadumbrado de su carácter, bien podría unir a su clasificación de “larghetto” la postdata de “affettuoso”. De seguir este criterio, al final, podríamos encontrarnos en nuestras vidas con algún que otro “allegro molto e vivace, quasi presto”, a varios “allegrettos con moto”, quizá algún “adagio espessivo”, e incluso algún incorregible “presto con brio”.
Quizá, al final suceda que las características anímicas con la que las naturaleza nos dota tienen menos importancia de lo que creemos, y lo que opinan los demás de nosotros no tiene más valor que le que le queramos dar, las más de las veces excesivo. Porque, acaso, quienes realmente forjamos nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestro temperamento somos nosotros mismos, con nuestras actitudes, pensamientos, y acciones ante la vida. Como decía Irvin Berlin, casualmente un músico: “La vida es un diez por ciento como la hacemos y un noventa por ciento como la tomamos”.

La fotografía que ilustra este artículo se titula "Snow in New York" (1960), es obra de Robert Doisneau (1912 - 1994), y en ella se ve al chelista francés Maurice Baquet.(1911 - 2005). Obtenida en: https://www.tumblr.com/search/Maurice+BAquet

No hay comentarios:

Publicar un comentario