miércoles, 19 de agosto de 2015

Cartas a Audrey (IV)

Querida A:
Siempre supe que cuando de verdad  te animaras entrar en mi vida sería por amor. Sé que no soy un hombre guapo, ni atractivo, y que no tengo una personalidad cautivadora. Soy un individuo gris y anodino, como esa persona con la que te cruzas todos los días camino del trabajo o de la compra, y que de repente desaparece de tu rutina sin que te des cuenta hasta varias semanas después. Por eso esperaba que, en algún momento,  algo dentro de ti se activaría al encontrarte conmigo, al igual que se activa en mí ante ti, y que esa coincidencia de señales haría que se pusiera en marcha algún mecanismo cósmico destinado a unirnos de forma misteriosa y alambicada. Como ves, no pido nada difícil, más bien al contrario, todo es muy sencillo, o al menos no más complicado que un simple cruce de vías de tren accionado por relés, con la salvedad de que en nuestro caso faltaba un demiurgo, un jefe de estación mágico, que tuviera a bien accionar las palancas necesarias en el momento preciso.
Si te paras a pensar, no podía suceder de otra forma. Entre mis escasas virtudes no está el valor, nunca me he atrevido a acercarme a ti más allá de lo respetuosamente necesario, temeroso de perderte por pedir demasiado a una relación que no da de si más que lo suficiente, si acaso lo indispensable si se sabe llevar con tino y prudencia. Inocente de mí, siempre confié en que escucharas esa señal, o la vieras, o la olieras, o la percibieras en sueños, que no sé cómo tú notarás estas cosas, y me liberaras de asumir el riesgo más que probable de una negativa a ampliar nuestra amistad hacía ámbitos más sensuales. Pero tú siempre has sido reacia a dar el primer paso, algo que no te puedo reprochar porque, seamos sinceros, siempre has tenido candidatos a compartir tu vida, algunos de ellos, reconoce que tengo razón, poco aconsejables para una mujer tan digna, elegante y armoniosa como tú. Aunque tampoco me hagas mucho caso en esto, porque siempre he pensado que, salvo nuestras madres, todas las mujeres están con el hombre equivocado, y tú no podías ser una excepción.
Si te cuento esto es porque aun hoy no sé qué fue lo que te llevo a acercarte a mí en aquellos tiempos en los que compartíamos escaño en la universidad. Tú bajabas todos los días de las aulas de tercero para tomar apuntes de las asignaturas que tenías pendientes de segundo e, inexplicablemente, buscabas mi compañía y complicidad. Las más de las veces era una compañía silente la nuestra, poco podíamos hablar en primera o segunda fila aunque nos propusiéramos hacerlo en voz baja, pero suficiente para mí, deseoso como estaba entonces de sentirme si no querido o deseado, si al menos apreciado por una mujer como tú. Los cambios de clase eran los únicos momentos en los que podíamos charlar, cuando no tenías que salir pitando para no perderte la asignatura de derecho Tributario, momento que aprovechábamos para contarnos nuestras pequeñas cuitas, como aquella vez que tuviste que comprar una docena de paquetes de clínex porque en el bazar chino no quisieron fraccionar el lote para que te pudieras llevar sólo uno, y me ensañaste el bolso, lleno de paquetitos, a modo de prueba, como si me hiciera falta ver para creer. O cuando tuviste que rociar con perfume tu bolso para matar no sé qué olor, y al abrirlo un delicado  aroma a ti envolvía a todo aquel que estaba cerca.
Nunca te lo dije, pero tu perfume fue la causa de que te indultara, y por tanto el culpable de todo lo que vino después, lo bueno y lo malo, que de todo hubo, en estricta aplicación de esa ley del péndulo que parece perseguirnos a muchos. Ya sabes que el día en que te conocí me pareciste una pija insoportable, pero a la semana siguiente, cuando ya tú me conociste a mí, tuve que rendirme a la realidad y arrumbar todos mis prejuicios. No sé si te acuerdas: era última hora de la mañana y estábamos en clase de Teoría Económica, haciendo esfuerzos por no sucumbir a los encantos de la materia, y a mí se me acabó el bolígrafo con el que tomaba apuntes. Necesitaba otro urgentemente, y allí estabas tú para prestármelo, un pilot azul, idéntico al que yo usaba. Podía habérselo pedido a quien tenía a mi izquierda, es cierto, pero me volví a la derecha y me encontré contigo. ¿Curioso, verdad?.
Al acabar la clase, que cosas, se me olvidó devolvértelo, y tuve que buscarte los días siguientes, no fueras a pensar que era un sinvergüenza que no retorna lo prestado. Durante el tiempo que tuve aquel pilot v ball 0,5 de color azul cobalto conmigo, tu perfume me acompaño adherido en él, y tú sin saberlo en cierta forma también, viviendo junto a mí lo que yo vivía, y creo que fue esa esencia la que despertó en mí la señal de la que ya te he hablado, esa que me permitió identificarte sin sombra de íntima duda. Cuando nos volvimos a ver,  un viernes de noviembre a última hora en clase de Dirección Financiera,  rechazaste amablemente la devolución (“Ya tengo otro. Quédate si quieres tú con él…”) y creo que fue ahí, precisamente ahí, donde tú también percibiste esa señal. Sea como fuere, desde aquel momento siempre buscamos la compañía el uno del otro. Yo te reservaba un sitio a mi lado en las tres o cuatro clases a las que venías, y tú me esperabas a última hora para coger el autobús urbano que nos llevaba a casa. Te recuerdo aun hoy, con claridad prístina, de pie, ante la puerta del aula, con tu mochila marrón al hombro y tu carpeta bajo el brazo, haciendo un leve gesto imperativo de cabeza a modo de conminación para que no me demorara en recoger mis bártulos: “¡Venga! ¡Nos seas tardón, que llevamos toda la mañana aquí y vamos a perder el bus!”, parecías decir con la mirada.
Nuestras vidas aun habían de tardar algo más en cruzarse por completo, al igual que lo hacen las vías de un tren en la proximidad de una estación, y también aun algo más en separarse sorpresiva y misteriosamente como después lo hicieron. En medio de ambos momentos, tú y yo compartimos nuestras vidas durante unos meses, detenidos las más de las veces en tu piso de la calle Primavera. Era aquella una calle pequeña y oscura calle de una ciudad de provincias en la que tú y yo logramos hacer que la luz brillara en uno de sus rincones por un tiempo que a mi se me antoja aun hoy escaso. Ya sabes que las primaveras son siempre cortas y los inviernos siempre largos,
Pero eso ya es otra historia.
Nada más por hoy. No más lata.
Siempre tuyo,

AM.

La imagen que ilustra este post ha sido obtenida de este sitio web.

No hay comentarios:

Publicar un comentario