Es difícil definir en pocas palabras lo qué es un latin lover. Quién más, quién menos, tiene una idea preconcebida, una imagen asociada a alguna celebridad del papel couche, modelo que pocas veces se ajusta a su autentica esencia. Si bien el término surgió a principios del siglo pasado para referirse a los estragos que entre las féminas causaba Rodolfo Valentino, sus antecedentes se pueden encontrar ya en los dramas shakesperianos de Romeo y Julieta y Otelo, con Julieta y Desdémona como fatales protagonistas. Tendríamos que esperar, empero, a la década de los años sesenta del s. XX para que estos dandies pasados por los aires del Mediterráneo vivieran su época dorada. La dolce vita fue un periodo breve, pero suficiente para dejarnos algunos impecables ejemplos de cómo debía ser el perfecto latin lover. Paciente, irónico, inaccesible a la ansiedad, sabedor de que ella se rendirá en el momento justo, Marcelo Mastroiani logró que Catherine Renueve claudicara ante él, igual que lo consiguió Luís Miguel Dominguín con Ava Gadner, o Gigi Rizzi con Bridgitte Bardot.
Rasgos como un cinismo seductor, un descaro revestido de elegancia, y una ternura tapizada en sutil virilidad, son los caracteres definitorios del latin lover clásico, el único en verdad genuino, y los responsables de que éste destaque en el mundo light que nos ha tocado vivir, lleno de relaciones descafeinadas y vivencias frívolas. Porque el fin último del latin lover es seducir, pero también dejar a su paso una estela de peculiar distinción, cortesía y delicadeza, no exenta de cierta melancolía, haciendo que la conquista sea sólo una herramienta más de fascinación. Por eso, ni el latin lover es un Don Juan o un Casanova, un hombre superficial que busca la conquista fácil para deleitarse con la compañía de una mujer bella, ni ellas son inocentes doncellas desconocedoras de las consecuencias del galanteo. Ambos, seductor y seducida, conquistador y conquistada, se aventuran voluntariamente en un juego de imprevisible desarrollo pero con un inevitable final: la imposibilidad de hacer pervivir lo que es efímero.
Es significativo que nuestra sociedad vuelva recurrentemente a encumbrar a los latin lovers, quizá en un vano intento por apurar un eterno retorno vital que nos ayude a huir de mediocridad que nos rodea. Por desgracia, la nueva oleada de dandies mediterráneos es hija de su tiempo, y ni Javier Bardem irradia la ternura de “el bueno de Marcelo” (como Fellini llamaba a Mastroiani), ni Antonio Banderas tiene la elegancia de Giovanni Agnelli, ni Joaquín Cortes posee el sutil descaro de José Luís de Vilallonga.
“¡Que alegría vivir, sitiándose vivido”, dijo Pedro Salinas en “La voz a ti debida”. El latin lover vive y da vida al hacerlo. Ofrece a su conquista y ruega para si ilusión, pasión y esperanza. Saben que a sus presumibles dotes físicas ha de añadirse el don de la elocuencia, porque a la mujer verdadera se la seduce por el oído. El latin lover es real, y todavía pulula entre nosotros, pero es sabedor de que su ropaje (como la coraza de los antiguos caballeros) no es sino el envoltorio de la verdad que lleva en su interior.
no lo he releido jajajaja, pero queria dejar constancia de que me gusta mucho que vuelvas..
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